Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Ahora a quien vemos entrar en nuestro barracón es a un conocido mío de la sección especial, un hombre infinitamente bondadoso y alegre, nada tonto, bromista pero sin malicia, con un aspecto que le da un aire especialmente simplón. Se trata de aquel individuo que, en mi primer día en el presidio, preguntaba en la cocina, después de la comida, dónde vivía un rico mujik, que aseguraba ser una persona con «anbiciones[56]», y que bebió té conmigo. Tiene unos cuarenta años, unos labios excepcionalmente gruesos y una nariz grande y carnosa, plagada de espinillas. Sostiene una balalaika, cuyas cuerdas puntea distraídamente. Le seguía, igual que un lacayo, un recluso diminuto, con una cabeza enorme, a quien yo hasta entonces apenas conocía. Lo cierto es que nadie le hacía el menor caso. Era un tanto extraño, suspicaz, siempre estaba serio y callado; trabajaba en la sastrería y, aparentemente, se esforzaba por vivir al margen de todo el mundo, sin relacionarse con nadie. En cambio, en ese momento, borracho, se había pegado a Varlámov como si fuera su sombra. Le seguía en un estado de agitación terrible, haciendo aspavientos, dando puñetazos en las paredes y en los camastros, a punto de romper a llorar. Varlámov no parecía hacerle el menor caso, como si no le tuviera a su lado. Lo curioso es que hasta entonces aquellos dos hombres prácticamente no se habían tratado; ni por sus ocupaciones ni por su carácter tenían nada en común. Pertenecían a secciones diferentes y vivían en distintos barracones. El recluso pequeño se llamaba Bulkin.