Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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El tercer día de las fiestas, por la tarde, se celebró la primera función de nuestro teatro. Las gestiones previas a su organización tuvieron que ser numerosas, pero los actores se ocuparon de todo, de modo que los demás no sabíamos cómo iba el asunto ni qué es lo que estaban haciendo exactamente. Ni siquiera sabíamos muy bien qué iban a representar. En esos tres días, durante las salidas al trabajo, los actores hacían todo lo posible por conseguir los trajes. Baklushin, cuando se cruzaba conmigo, no hacía otra cosa que chasquear los dedos de satisfacción. Por lo visto, hasta el mayor mostraba un buen talante. Por lo demás, ignorábamos por completo si sabía algo de lo del teatro. En caso de saberlo, ¿lo había autorizado formalmente, o se había limitado a no darse por enterado, desentendiéndose de aquella iniciativa de los presos, aunque exigiendo, naturalmente, que se hiciera de la forma más ordenada posible? Yo creo que él lo sabía, era imposible que no lo supiera, pero no quería inmiscuirse porque comprendía que si lo prohibía podía ser peor: los reclusos empezarían a hacer locuras y a emborracharse, de modo que era preferible que estuviesen ocupados en algo. La verdad es que atribuyo semejante razonamiento al mayor únicamente porque resulta el más natural, el más probable y el más sensato. Incluso se podría afirmar lo siguiente: si los reclusos no tuvieran en los días de fiesta el teatro o alguna otra distracción de ese estilo, los propios jefes deberían idear algo. Pero, como nuestro mayor destacaba por su forma de pensar absolutamente opuesta a la del resto de los mortales, es evidente que asumo una gran responsabilidad al suponer que él sabía lo del teatro y que lo había autorizado. Un hombre como nuestro mayor necesita tener a todas horas alguien a quien oprimir, algún objeto que requisar, algún derecho que anular: en definitiva, necesita imponer su autoridad en cualquier sitio. En este aspecto era famoso en toda la ciudad. ¿Qué le importaba a él que precisamente por culpa de sus abusos pudiera haber disturbios en el penal? Para evitar los disturbios ya están los castigos (así razonan las personas del talante de nuestro mayor) y con esos pillastres de reclusos lo único que hace falta es mano dura y aplicar la ley de forma sistemática y al pie de la letra. Pero estos ineptos ejecutores de la ley no comprenden, ni están capacitados para comprender, que su mera observación literal, sin discernimiento, sin comprender su espíritu, lleva directamente al desorden, y jamás ha llevado a ninguna otra parte. «Lo dice la ley, ¿qué más hace falta?», dicen ellos, y se asombran sinceramente de que se les exija, además de la ley, sentido común y lucidez. Esto último, sobre todo, les parece a muchos de ellos un lujo superfluo y escandaloso, un atropello, algo intolerable.


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