Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta En general, todos se robaban unos a otros de una manera terrible. Casi todos tenían un baúl con cerradura para guardar las prendas reglamentarias. Eso estaba permitido; pero los baúles no servían de nada. No creo que sea difícil imaginar qué ladrones tan hábiles había en presidio. Un recluso que me profesaba sincero afecto (y lo digo sin exagerar) me robó una Biblia, único libro que estaba permitido tener en el penal; me lo confesó ese mismo día, no porque estuviera arrepentido, sino porque le dio lástima que yo perdiera el tiempo buscándola. Había taberneros que comerciaban con vodka y que se enriquecían rápidamente. De ese comercio hablaré luego con detalle; es bastante especial. En el penal había muchos condenados por contrabando y por eso nada tiene de extraño que, de alguna manera, con las visitas y los escoltas, entrase vodka. A propósito: el contrabando, por su propia índole, constituye un delito especial. ¿Es posible, por ejemplo, creer que el dinero, el lucro, es algo secundario para algunos contrabandistas, algo que está en un segundo plano? Pues, en realidad, así es. El contrabandista trabaja por pasión, por vocación. En parte, es un poeta. Corre todos los riesgos, se expone a peligros terribles, se vale de astucias, inventa, sale de apuros y a veces incluso actúa bajo cierta inspiración. Es una pasión tan fuerte como el juego de cartas. Conocí en presidio a un recluso de estatura colosal, pero tan sumiso, tranquilo y afable que era imposible imaginar qué había podido llevarle allí. Era hasta tal punto inofensivo y conciliador que durante todo el tiempo que pasó en el penal no discutió con nadie. Pero procedía de la frontera occidental, había sido condenado por contrabando y, como es natural, no pudo resistir la tentación y empezó a pasar vodka. ¡Cuántas veces le castigaron por ello y cuánto miedo tenía a las baquetas! Además, el contrabando de vodka le procuraba unas ganancias insignificantes. El único que se enriquecía con el vodka era el patrón. El pobre contrabandista amaba el arte por el arte. Lloraba como una mujer y ¡cuántas veces, después de sufrir un castigo, juraba y perjuraba que no lo haría más! Con coraje lograba cumplir su palabra un mes entero, pero al final claudicaba… Gracias a esos individuos el vodka nunca faltaba.