Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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Por último, había otra fuente de ingresos, que no enriquecía a los reclusos, pero que era constante y benéfica. Eran las limosnas. La clase alta de nuestra sociedad no tiene idea de cómo se preocupan por los «desgraciados» los comerciantes, la gente humilde de las ciudades y nuestro pueblo. Las limosnas eran casi constantes y consistían en pan de centeno, pan blanco y bollos, y muy rara vez dinero. Sin estas limosnas, los presos, sobre todo los que están pendientes de juicio, y que sufren un régimen mucho más severo que los condenados, lo pasarían muy mal. Las limosnas se distribuyen religiosamente entre los presos de forma equitativa. Si no llegan para todos, se cortan los bollos en partes iguales, a veces hasta en seis, y cada recluso obtiene sin falta su trozo. Recuerdo la primera vez que recibí una limosna en dinero. Fue al poco de llegar al penal. Volvía del trabajo de la mañana, solo, con un soldado de escolta. A mi encuentro salieron una madre y su hija, una niña de unos diez años, linda como un ángel. Ya las había visto otra vez. La madre era la viuda de un soldado. Su marido, un joven soldado, fue procesado y murió en el pabellón de los presos del hospital en el que yo estaba ingresado. La mujer y la hija fueron a despedirse de él; las dos lloraban a lágrima viva. Al verme, la chica se puso colorada y susurró algo a la madre; ésta se detuvo enseguida, buscó en su portamonedas un cuarto de kopek y se lo dio a su hija. Ésta echó a correr tras de mí. «Toma, desdichado, coge este kopek por el amor de Cristo», me dijo, adelantándome y poniéndome la moneda en la mano. La cogí, y la niña volvió muy contenta al lado de su madre. Llevé conmigo aquel kopek mucho tiempo.


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