Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Pero no es cosa de describirlas todas. Hubo todavía dos o tres más. Eran muy graciosas y auténticamente alegres. Si no las habían compuesto los mismos presidiarios, al menos sí habían aportado algo suyo en todas ellas. Casi todos eran capaces de improvisar, de tal manera que un mismo actor, sin cambiar de papel, lo iba representando en las funciones sucesivas de forma algo distinta cada vez. La última pantomima, de carácter fantástico, se cerraba con un ballet. Enterraban a un muerto. El brahmán, con numerosos servidores, realiza sobre el ataúd diversos conjuros, pero de nada le valen. Finalmente se oye la canción El sol se está poniendo[63], el difunto revive, y todos se ponen a bailar alborozados. El brahmán baila con el muerto, y lo hace de una forma muy peculiar, a lo brahmán. Así termina la función, hasta la tarde siguiente. Los reclusos se separan alegres, satisfechos, elogian a los actores, dan gracias al suboficial. No se oye ni la menor discusión. Todos están contentos, cosa insólita en ellos, parecen incluso felices, y se duermen con la conciencia tranquila, algo a lo que no están acostumbrados. ¿Y cuál es la razón, en el fondo? Sin embargo, todo esto no es un sueño, fruto de mi fantasía. Es la verdad, la pura realidad. Ha bastado con permitir a estas pobres gentes que vivieran a sus anchas por un rato, que se divirtieran como personas normales, que pasaran al menos una hora apartados de la rutina del penal, y estos hombres se han transformado moralmente, aunque sólo fuera por unos pocos minutos… Pero ya estamos en plena noche. Me estremezco y me despierto casualmente: el viejo sigue rezando sobre la estufa y así seguirá hasta el alba; Alí duerme tranquilo a mi lado. Recuerdo que en el momento de dormirse todavía se estaba riendo, mientras comentaba con sus hermanos la función, y fijo la mirada sin querer en su plácido semblante infantil. Poco a poco voy recordándolo todo: este último día, las fiestas, todo este mes… Levanto la cabeza con temor y contemplo a mis compañeros dormidos a la luz débil y temblorosa de las velas baratas del presidio. Contemplo sus rostros miserables, sus lechos miserables, contemplo toda esta desnudez, toda esta miseria irremediable; no aparto la mirada de todo esto, como si quisiera convencerme de que no es la prolongación de una pesadilla monstruosa, sino la pura realidad. Pero es la realidad: por ahí se oye un gemido; alguien ha retirado penosamente un brazo y ha hecho sonar sus cadenas. Otro se ha estremecido en sueños y se ha puesto a hablar, mientras el abuelo subido a la estufa reza por todos «los cristianos ortodoxos», y se oye su letanía acompasada, tranquila, monótona: «Señor, ten piedad…».