Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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El comienzo es muy suave, apenas audible, pero poco a poco el motivo crece y crece, el tiempo se acelera y estalla el brioso repiqueteo de los dedos sobre las tablas de las balalaikas… Es una kamárinskaya en todo su ímpetu, y la verdad es que habría estado muy bien si Glinka, por casualidad, hubiera podido escucharla allí en el presidio. Empieza ahora una pantomima musical. Mientras dura, no cesan de tocar la kamárinskaya. La acción se desarrolla en el interior de una isba. En escena aparecen un molinero y su mujer. El molinero, en un rincón, repara unos arneses; la mujer, en el rincón opuesto, hila lino. El papel de la mujer lo interpreta Sirotkin, el del molinero, Netsvetáyev. Hay que señalar que los decorados son muy pobres. Tanto en esta obra como en la anterior y en las restantes, es más lo que hay que completar con la imaginación que lo que se ve con los ojos. A modo de pared de fondo se extiende una especie de tapiz o cobertura de caballo; en un lateral hay unos biombos destartalados. En el lado izquierdo no han puesto nada, de manera que pueden verse los camastros. Pero los espectadores no son exigentes y se avienen a suplir la realidad con su imaginación, tanto más cuanto que es algo para lo que están perfectamente capacitados: «Si han dicho que es un jardín, hazte cuenta de que es un jardín; que es una habitación, pues será una habitación; una isba, pues una isba… Da lo mismo, no hay que andarse con tantos miramientos». Sirotkin está encantador vestido de joven aldeana. De los espectadores salen algunos piropos a media voz. El molinero concluye su faena, coge su gorra, coge el látigo, se acerca a la mujer y le explica por señas que debe salir, pero que si ella, en su ausencia, tiene alguna visita, entonces… y le enseña el látigo. Ella le escucha y asiente con la cabeza. Seguramente ese látigo le resulta muy conocido: la mujer se lo pasa muy bien a espaldas de él. Sale el marido. En cuanto atraviesa la puerta, ella le amenaza por detrás con el puño. Están llamando; se abre la puerta y esta vez el que aparece en escena es un vecino, también molinero, un mujik barbudo que viste un caftán. Trae en las manos un regalo, un pañuelo rojo. La molinera se echa a reír, pero en cuanto el vecino se dispone a abrazarla, llaman una vez más a la puerta. ¿Dónde ocultarse? Ella le esconde a toda prisa debajo de la mesa, y vuelve a ocuparse del huso. Aparece otro de sus adoradores: un escribiente en uniforme militar. Hasta el momento la pantomima está resultando impecable: todos los gestos son correctos, sin un fallo. Había con qué asombrarse viendo a aquellos actores improvisados, y uno no podía dejar de pensar: ¡cuántas energías y cuánto talento se pierden aquí en Rusia, a veces casi en vano, por culpa de la servidumbre o de la adversidad! Pero el preso que hacía el papel de escribiente seguramente habría trabajado alguna vez en una compañía de provincias, o en un teatro casero, y debió de parecerle que ni uno solo de nuestros actores entendía una palabra del oficio, y que no se movían en el escenario como es debido. Así que ahora hace su entrada como dicen que lo hacían en el teatro antiguo los héroes clásicos: da una larga zancada y, antes de mover la otra pierna, se detiene bruscamente, echa para atrás el tronco y la cabeza, mira en derredor con arrogancia y… da el siguiente paso. Si semejantes andares ya parecían grotescos en los héroes clásicos, aún lo parecen más en un escribiente militar y en una escena cómica. Pero allí el público pensaba que seguramente eso era lo más indicado y aceptaba las largas zancadas del desgarbado escribiente como un hecho consumado, sin mayores críticas. Casi no había tenido tiempo el escribiente de llegar al centro del escenario, y ya estaban llamando otra vez: la dueña de la casa vuelve a sobresaltarse. ¿Dónde meter al escribiente? En el baúl: suerte que está abierto. Se cuela en el baúl y la mujer cierra la tapa. En esta ocasión se presenta un visitante original; es un nuevo enamorado, pero de una clase muy especial. Es un brahmán, vestido como corresponde. Una risa incontenible se extiende entre los espectadores. El presidiario Koshkin hace de brahmán, y lo hace de maravilla. Tiene verdadera pinta de brahmán. Expresa mediante gestos la grandeza de su amor. Levanta las manos hacia el cielo, luego se las lleva al pecho, al corazón; pero antes de que termine de manifestar su ternura, un golpe violento resuena en la puerta. Por el golpe se conoce que es el dueño de la casa. La mujer, asustada, está fuera de sí; el brahmán se agita como un poseso, suplicando que le escondan. Rápidamente, ella le mete detrás del armario y, olvidándose de ir a abrir, se lanza a por su hilado y se pone a hilar, hila que te hila, sin oír las llamadas a la puerta de su marido; es tal su pavor, que está torciendo un hilo que ni siquiera está en sus manos, y da vueltas a un huso que se ha olvidado de coger del suelo. Sirotkin representó muy bien este miedo, con total acierto. Pero el dueño de la casa echa la puerta abajo de una patada y se acerca a su mujer con el látigo en la mano. Lo ha visto todo, pues ha estado al acecho, y sin más preámbulos le indica a su mujer con los dedos que tiene a tres hombres escondidos. A continuación, se pone a buscarlos. Al primero que encuentra es a su vecino, y lo echa a golpes de la estancia. El escribiente, atemorizado, tiene la intención de escapar, pero, al levantar con la cabeza la tapa del baúl, él mismo se descubre. El molinero le da unos cuantos latigazos, y en esta ocasión el escribiente enamorado pega unos saltos con un estilo muy poco clásico. Sólo queda el brahmán; el dueño de la casa lo busca un buen rato, hasta que por fin lo encuentra en un rincón, detrás del armario; le hace una cortés reverencia y le arrastra de la barba hasta el centro del escenario. El brahmán intenta defenderse, y grita: «¡Maldito, maldito!» (son las únicas palabras que se pronuncian en la pantomima); pero el marido no le escucha y le ajusta las cuentas a su manera. La mujer, viendo que ya le llega su turno, arroja el hilado y el huso y sale corriendo de la habitación; su banqueta rueda por el suelo, y los reclusos sueltan una carcajada. Alí, sin mirarme, me tira del brazo y me grita: «¡Mira, el brahmán, el brahmán!», y no puede tenerse de la risa. Cae el telón. Empieza otra escena…


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