Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta El entusiasmo de los espectadores ya no conoce límites. Aparte de que al señor se lo hubieran llevado los demonios, es que la frase se dijo de tal modo, con tal picardía, con una mueca de ironía tan triunfal que realmente era imposible no aplaudirla. Pero la dicha de Kedril no dura mucho. No había hecho más que empezar a ocuparse de la botella, se había servido un vaso y se disponía a bebérselo, cuando de pronto regresan los diablos, se deslizan de puntillas por detrás y le atrapan por la cintura. Kedril grita como un condenado; tiene tanto miedo que no se atreve a darse la vuelta. Tampoco puede defenderse: tiene las manos ocupadas por la botella y el vaso, de los cuales no es capaz de separarse. Con la boca abierta de espanto, permanece sentado medio minuto, mirando al público con ojos desencajados; tiene una expresión tan chusca de miedo atroz, que bien podría servir para un retrato. Finalmente, lo cogen, se lo llevan; sin soltar la botella, patalea y no para de gritar. Sus gritos siguen oyéndose desde detrás del escenario. Pero cae el telón, y todos ríen, todos están entusiasmados… La orquesta empieza a tocar una kamárinskaya[62].