Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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Poco después de las fiestas caí enfermo y me mandaron a nuestro hospital militar. Era un edificio aislado, situado a media versta de la fortaleza. Se trataba de una construcción alargada de una sola planta, pintada de amarillo. En verano, cuando había trabajos de reparación, se gastaban en ella cantidades ingentes de ocre. En el enorme patio se encontraban las dependencias, las casas de los oficiales médicos y otras instalaciones, mientras que el pabellón principal estaba únicamente destinado a las salas. Había muchas salas, pero tan sólo dos eran para los presidiarios, y estaban siempre abarrotadas, sobre todo en verano, de modo que a menudo había que cambiar de sitio las camas. Nuestras salas se llenaban con toda clase de «desgraciados». Allí iban los de nuestro presidio; iban los procesados por la justicia militar, de diversas armas y cuerpos y en distintas situaciones: unos juzgados, otros aún pendientes de juicio, otros en tránsito; iban también los que estaban en compañías de castigo, paradójicas instituciones a las que se enviaba, para corregirlos, a los soldados que habían cometido una falta o que no eran de fiar, y de donde salían al cabo de dos o más años convertidos en unos verdaderos canallas, de los que casi no se encuentran. Entre nosotros, los presidiarios que caían enfermos se lo solían comunicar por la mañana al suboficial. Inmediatamente los apuntaban en un libro, con el cual los mandaban, acompañados por un guardia, a la enfermería del batallón. Allí un doctor examinaba a todos los enfermos de todas las unidades militares acantonadas en la fortaleza, y enviaba al hospital a los que encontraba verdaderamente enfermos. A mí me registraron en el libro y, pasada la una, cuando todos los nuestros habían salido ya del penal para realizar el trabajo de la tarde, me dirigí al hospital. Los reclusos enfermos normalmente se llevaban todo el dinero disponible, algo de pan (ya que no cabía esperar que les dieran ese día su ración en el hospital), una pequeña pipa y una petaca con el tabaco, el pedernal y el eslabón. Estos últimos objetos se ocultaban cuidadosamente en las botas. Yo entré en el recinto hospitalario no sin cierta curiosidad por esa nueva variante, que aún me era desconocida, de nuestra vida en presidio.


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