Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta El día era tibio, plomizo y triste, uno de esos días en que establecimientos como los hospitales adquieren un aspecto especialmente oficial, nostálgico y desagradable. Entré con el soldado que me escoltaba en la recepción, donde había dos bañeras de cobre; allí estaban esperando otros enfermos: eran dos procesados con sus escoltas. Entró un practicante que nos dirigió una mirada desganada y autoritaria, y de forma aún más desganada procedió a dar parte al médico de guardia. Éste apareció enseguida; nos examinó, nos trató con mucha consideración y nos entregó unas «hojas de seguimiento» donde figuraban nuestros nombres. Lo demás, el diagnóstico de la enfermedad, la prescripción de los medicamentos y dietas, etc., correspondía ya al interno que estaba a cargo de las salas de los presidiarios. A estos yo ya les había oído anteriormente deshacerse en elogios a sus médicos. «¡Son como padres!», respondían a las preguntas que les estuve haciendo antes de ir al hospital. Entretanto, nos cambiamos de ropa. Nos retiraron la vestimenta y la ropa interior con la que habíamos llegado, y nos proporcionaron una muda del hospital, así como calcetines largos, pantuflas, gorros de dormir y unos gruesos batines pardos de paño, forrados con algo que no se sabía si era tela o una especie de emplasto. En resumen: los batines eran el colmo de la suciedad, aunque esto no lo pude apreciar del todo hasta que estuve ya instalado. A continuación, nos condujeron a las salas de los presidiarios, situadas al fondo de un larguísimo pasillo, alto y limpio. La limpieza externa era en todas partes satisfactoria; todo lo que entraba por los ojos parecía reluciente. Al menos, esa impresión me daba a mí, que venía del penal. Los dos procesados entraron en la sala de la izquierda, yo en la de la derecha. Junto a la puerta, cerrada con una tranca de hierro, había un centinela armado; un centinela auxiliar le acompañaba. Un suboficial de la guardia del hospital ordenó que me dejaran pasar, y me vi en una habitación larga y estrecha; las camas se alineaban a lo largo de las dos paredes longitudinales: había unas veinte, tres o cuatro de las cuales estaban libres. Se trataba de esas camas de madera, pintadas de verde, que todo el mundo conoce de sobra en Rusia, esas camas que, por no se sabe qué maldición, nunca están libres de chinches. Me instalé en un rincón, en la parte de las ventanas.