Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Como ya he dicho, allà habÃa también enfermos de nuestro presidio. Algunos ya me conocÃan, o al menos me habÃan visto antes. Pero la mayorÃa eran presos pendientes de juicio o soldados de la compañÃa de castigo. Los enfermos graves, que no pudieran levantarse de la cama, no eran muchos. Los demás, enfermos leves o convalecientes, estaban sentados en sus camastros o deambulaban por la habitación, ya que entre las dos hileras de camas quedaba espacio libre para pasear. La sala olÃa a hospital de un modo verdaderamente sofocante. El aire estaba corrompido por diversas emanaciones desagradables y por el olor de las medicinas, y eso que la estufa estaba encendida casi todo el dÃa. Una funda a rayas cubrÃa mi cama. La retiré; debajo habÃa una colcha de paño, con un reborde de tela, y unas sábanas gruesas de limpieza harto dudosa. Junto a la cama habÃa una mesita, con una jarra y una taza de estaño. Por decoro, se debÃa cubrir todo esto con una especie de servilleta que me entregaron. Debajo de la mesa, en un estante, se podÃa guardar la tetera si se tomaba té, el recipiente del kvas y cosas asÃ, aunque eran muy pocos los enfermos que bebÃan té. En cuanto a las pipas y petacas, que casi todos tenÃan, sin excluir a los tuberculosos, se ocultaban bajo la cama. Ni el doctor ni los restantes jefes efectuaban apenas inspecciones, y, si sorprendÃan a alguno con la pipa, no se daban por enterados. Por lo demás, los enfermos solÃan ser cautelosos y fumaban al lado de la estufa. Si acaso, de noche se atrevÃan a fumar en la cama misma, pero de noche nadie hacÃa ronda por las salas, salvo, en ocasiones, el oficial al mando de la guardia del hospital.