Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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Hasta entonces yo jamás había estado ingresado; por eso, todo lo que me rodeaba me resultaba completamente nuevo. Me di cuenta de que yo suscitaba cierta curiosidad. Ya habían oído hablar de mí y me miraban sin ningún recato, con cierto aire de superioridad incluso, como se mira en la escuela a un novato o en una oficina estatal a la persona que presenta una solicitud. La cama situada a mi derecha la ocupaba un escribiente, en prisión preventiva, que era hijo ilegítimo de un capitán retirado. Le habían procesado por falsificación de moneda, y llevaba cosa de un año en el hospital, por lo visto sin padecer ninguna enfermedad, aunque había procurado persuadir a los médicos de que tenía un aneurisma. Hasta que consiguió su propósito: los trabajos forzados y los castigos corporales quedaron atrás, y al cabo de un año fue enviado a T…k para ingresar en el hospital. Era un joven recio y chaparro, de unos veintiocho años, pícaro redomado y celoso observador de las leyes; no tenía nada de tonto, mostraba una extraordinaria seguridad en sí mismo y era insolente sobremanera; con un amor propio enfermizo, estaba convencido, con total seriedad, de que era la persona más honrada y justa del mundo y de que no había cometido delito alguno, y jamás se apartó de esta convicción. Fue el primero en dirigirse a mí; lleno de curiosidad empezó a hacerme preguntas y me expuso detalladamente las normas que regían en el hospital. Lo primero que hizo, por descontado, fue informarme de que era hijo de un capitán. Quería aparentar a toda costa que era un señor o, cuando menos, «de noble origen». A continuación se me acercó un enfermo que pertenecía a la compañía de castigo, asegurando que conocía a muchos de los nobles anteriormente deportados, citándolos por su nombre y patronímico. Era un soldado ya canoso; en su rostro se podía leer que todo lo que decía era falso. Se llamaba Chekunov. Sin duda intentaba adularme, creyendo que yo tenía dinero. No tardó en ponerse a mi disposición al ver el paquete con té y azúcar: se ofreció a conseguirme una tetera y prepararme el té. M…cki había prometido mandarme una tetera desde el penal al día siguiente, por medio de alguno de los presidiarios que iban a trabajar al hospital. Pero Chekunov se encargó de todo. Consiguió un cazo de hierro y hasta una taza, hirvió agua y preparó el té; en resumen, me atendió con tal solicitud que provocó de inmediato las burlas hirientes de uno de los enfermos. Se trataba de un tísico, cuya cama estaba enfrente de la mía, llamado Ustiántsev: aquel soldado pendiente de juicio que, temeroso del castigo que le esperaba, se había bebido una jarra de vodka macerado con una buena dosis de rapé, con lo que contrajo la tuberculosis. Ya lo he mencionado en otro lugar. Hasta ese momento había guardado silencio, respirando con dificultad, clavando en mí una mirada adusta y vigilando a Chekunov con indignación. Su seriedad biliosa, nada usual, añadía a su indignación un matiz particularmente cómico. Finalmente, no pudo contenerse:


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