Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta —¡Valiente lacayo! ¡Ya ha encontrado un amo! —exclamó pausadamente, con una voz jadeante a causa de su debilidad. Le quedaban ya pocos dÃas de vida.
Chekunov se volvió hacia él indignado:
—¿Quién es el lacayo? —pronunció, mirando a Ustiántsev con desdén.
—¡Tú lo eres! —respondió éste con aplomo, como si tuviera pleno derecho a reprender a Chekunov e incluso le hubieran puesto a su lado con ese fin.
—¿Que yo soy un lacayo?
—SÃ, tú, tú. Atended, buenas gentes: no se lo cree. ¡Se extraña!
—¿Y a ti qué más te da? Ya ves que está solo, y es como si no tuviera manos. Está claro que no tiene costumbre de manejarse sin un criado. ¿Por qué no iba a hacerle un favor? ¡Mamarracho, jeta peluda!
—¿Quién tiene la jeta peluda?
—Tú.
—¿Que yo tengo la jeta peluda?
—¡SÃ, sÃ, tú!
—¿Y tú quién te has creÃdo que eres? Si yo tengo la jeta peluda, la tuya es como un huevo de corneja.
—¡Jeta peluda, eso es lo que eres! Ya que Dios le ha quitado la vida, deberÃa estar ahà tumbado y dejarse morir. ¡Pero no, todavÃa se afana! ¡Qué andarás buscando!