Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta —¿Qué? No, mira, yo podrÃa hacer reverencias a una bota, pero no a una alpargata. Mi padre nunca hizo reverencias, y a mà me prohibió hacerlas. Yo… yo…
Quiso continuar, pero sufrió un terrible ataque de tos que duró varios minutos y le hizo escupir sangre. Al poco, un sudor frÃo, extenuante, cubrÃa su estrecha frente. De no haber sido porque la tos se lo impedÃa, habrÃa seguido hablando; en sus ojos se veÃa que deseaba prolongar la disputa, pero en su impotencia sólo acertaba a manotear… Asà que Chekunov acabó por olvidarse de él.