Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Sentà que la rabia del tÃsico iba dirigida contra mÃ, más que contra Chekunov. Por el mero hecho de que éste hubiera querido prestar un servicio con el que ganarse un kopek, nadie se habrÃa enfadado con él ni lo habrÃa mirado con particular desprecio. Todos entendÃan que lo hacÃa únicamente por dinero. A este respecto, la gente humilde no es en absoluto tan puntillosa y sabe discernir con sutileza. Era yo personalmente quien no le habÃa gustado a Ustiántsev; no le habÃa gustado mi té, ni que, aun llevando grilletes, siguiera actuando como un señor que no es capaz de arreglárselas sin un criado, aunque yo de ningún modo habÃa solicitado ni deseaba los servicios de un criado. Realmente yo siempre querÃa hacerlo todo por mà mismo, y procuraba evitar a toda costa que me vieran como un señorito que remolonea o parece remilgado. Para mÃ, en cierto sentido, era cuestión de amor propio, ya que hablamos del asunto. Y, sin embargo —y no consigo comprender por qué ocurrÃa siempre as×, nunca me libraba de los diversos servidores y criados que me asediaban y acababan por dominarme totalmente, hasta convertirse ellos en los verdaderos señores y yo en su servidor; pero en apariencia, y como no podÃa ser de otro modo, yo daba la impresión de ser un señorito que actúa como tal y es incapaz de prescindir de los criados. Esto, naturalmente, me fastidiaba mucho. Pero Ustiántsev era tÃsico y se irritaba con facilidad. En cuanto a los demás enfermos, me observaban con indiferencia, y hasta con algo de altanerÃa. Recuerdo que todos estaban pendientes de un asunto concreto: por las conversaciones entre los reclusos, me enteré de que esa misma tarde iban a traer a un soldado procesado al que estaban azotando en ese preciso momento. Los presidiarios esperaban al novato con cierta curiosidad. DecÃan, por cierto, que el castigo serÃa leve: tan sólo quinientos palos.