Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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Poco a poco me fui adaptando al ambiente. Por lo que pude observar, los auténticos enfermos padecían sobre todo de escorbuto y de enfermedades de los ojos, dolencias endémicas en aquella región. Ese era el caso de algunos de los enfermos en nuestra sala. Los restantes enfermos auténticos sufrían fiebres, erupciones diversas o padecían del pecho. Aquí, a diferencia de lo que ocurría en otras salas, se amontonaban todas las enfermedades, incluso las venéreas. He dicho los auténticos enfermos, porque algunos habían ido allí por las buenas, sin ninguna enfermedad, «a descansar». Los médicos les admitían de buen grado, por compasión, sobre todo cuando había muchas camas libres. El confinamiento en los cuerpos de guardia o en las prisiones era muchísimo peor que en el hospital, de modo que muchos reclusos venían aquí gustosos, aunque el aire estuviera viciado y la sala cerrada con llave. Los había incluso que eran verdaderos devotos del lecho y, en general, de la vida hospitalaria; en su mayoría procedían de la compañía de castigo. Yo examinaba con curiosidad a mis nuevos compañeros, pero recuerdo el especial interés que despertó en mí uno de nuestro penal, ya moribundo, también él tísico y en sus últimos días, que ocupaba la segunda cama a partir de la de Ustiántsev, y estaba, por tanto, casi enfrente de mí. Se llamaba Mijáilov; dos semanas antes todavía le había visto en el presidio. Hacía mucho tiempo que estaba enfermo y necesitaba tratamiento, pero él, con una paciencia obstinada y completamente innecesaria, se sobreponía y mantenía el ánimo, y sólo durante las fiestas ingresó en el hospital, donde moriría al cabo de tres semanas de una tuberculosis espantosa: era una persona completamente consumida. Me impresionó entonces su rostro horriblemente desfigurado, uno de los primeros rostros en los que yo había reparado al llegar al penal: ya entonces me había llamado la atención, por alguna razón. A su lado yacía un soldado de la compañía de castigo, ya entrado en años, terriblemente sucio y repugnante… Pero no puedo enumerar a todos los enfermos… Me he acordado de este vejestorio únicamente porque entonces también me produjo cierta impresión y porque en un momento me permitió hacerme una idea bastante completa sobre algunas peculiaridades de la sala de los presidiarios. El abuelo tenía entonces, recuerdo, un catarro fortísimo. No paraba de estornudar, y durante toda la semana siguiente estuvo estornudando hasta en sueños; lo hacía como en descargas de cinco o seis estornudos a la vez, sin olvidarse de exclamar con cada descarga: «¡Señor, qué suplicio!». En aquel instante estaba sentado en la cama, atiborrándose ansiosamente la nariz de rapé, que sacaba de un cuernecillo de papel, con el fin de estornudar con más fuerza y precisión. Estornudaba sobre un pañuelo de algodón a cuadros, de su propiedad, cien veces lavado y totalmente descolorido, y al hacerlo se le arrugaba de un modo peculiar la naricilla, descomponiéndose en un sinfín de arrugas diminutas y dejando al descubierto los residuos de sus viejos dientes ennegrecidos junto a las encías rojas y babeantes. Después de estornudar, lo primero que hacía era extender el pañuelo y examinar atentamente las numerosas mucosidades que se habían acumulado en él, y a renglón seguido lo restregaba por el batín pardo que le había asignado el hospital, de modo que toda la mucosidad quedaba en el batín, mientras que el pañuelo apenas quedaba humedecido. Así lo estuvo haciendo durante toda la semana. Este sistema minucioso y mezquino para preservar su propio pañuelo en detrimento del batín del hospital no levantaba la menor protesta por parte de los otros enfermos, a pesar de que el batín podía corresponderle a alguno de ellos más adelante. Pero nuestra gente sencilla parece incapaz de sentir asco o repugnancia por nada. A mí, en cambio, me repugnó nada más verlo, y en ese mismo instante, casi sin querer, empecé a fijarme con repulsión y con curiosidad en el batín que me acababa de poner. Entonces reparé en que su penetrante olor ya me había llamado antes la atención; ya había tenido tiempo de calentarse sobre mí, y cada vez olía más intensamente a medicinas, ungüentos y, según me pareció, a pus o cosa semejante, lo cual no tenía nada de extraño, pues desde tiempo inmemorial no se había separado de los hombros de los enfermos. Tal vez hubieran lavado alguna vez el forro de tela que tenía en la espalda, pero no estoy seguro de ello. Lo cierto es que en ese momento dicho forro estaba impregnado de toda clase de líquidos desagradables: de las compresas, del agua que se filtraba de los emplastos, etc. Además, a las salas para presidiarios llegaban muy a menudo los reclusos recién azotados, con la espalda cubierta de heridas; a éstos les aplicaban compresas, lo cual explica que el batín, puesto sin más sobre la camisa mojada, se deteriorase sin remedio, pues todo se quedaba allí. Y en todo el tiempo que pasé en presidio, en el curso de varios años, cada vez que me tocó ingresar en el hospital (cosa que ocurrió con alguna frecuencia), sentía desconfianza y prevención al ponerme el batín. Y lo que menos me gustaban eran los enormes piojos, de un grosor muy apreciable, que a veces se encontraban en ellos. Los reclusos los ejecutaban con regocijo, de modo que, cuando se oía cómo crujía alguna de las fieras ajusticiadas bajo la uña gruesa y torpe de un prisionero, por el rostro del cazador se podía determinar el grado de satisfacción experimentado. Tampoco nos gustaban nada las chinches, y a veces toda la sala se levantaba para exterminarlas en alguna de aquellas largas y tediosas tardes invernales. Y a pesar de que en la sala, aparte del penetrante olor, todo resultaba razonablemente limpio en apariencia, la limpieza interior, la de los forros, por así decir, dejaba mucho que desear. Los enfermos estaban acostumbrados a esto e incluso pensaban que así era como debía ser, y el propio reglamento no contribuía especialmente a la limpieza. Pero del reglamento ya hablaré más adelante…


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