Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Acababa Chekunov de servirme el té (que, dicho sea de paso, había preparado con agua de la sala, la cual sólo nos era suministrada una vez al día y se corrompía rápidamente en aquel aire nuestro) cuando la puerta se abrió con cierto estrépito y fue introducido, fuertemente escoltado, el soldado recién azotado. Era la primera vez que yo veía a alguien que había sufrido ese castigo. En lo sucesivo, los vería llegar con frecuencia; a algunos (los que eran sometidos a un castigo demasiado severo) tenían incluso que llevarlos a cuestas, y cada vez que esto ocurría constituía una gran distracción para los enfermos. Se les solía recibir con una expresión de extrema dureza y con una seriedad algo forzada. Además, la acogida dependía en parte de la trascendencia del delito y, por tanto, del número de golpes recibidos. Los que habían sufrido un castigo más doloroso llegaban con la reputación de ser grandes criminales y gozaban de mayor respeto y de mayor atención que un recluta prófugo cualquiera, como era el caso del que acababan de traer. Pero ni con unos ni con otros se hacían especiales manifestaciones de compasión ni comentarios especialmente mordaces. Se ayudaba en silencio a los infelices y se les atendía, sobre todo si no podían valerse por sí mismos. Los propios practicantes ya sabían que dejaban a los castigados en manos experimentadas y diestras. Por lo general, la ayuda consistía en el cambio indispensable y frecuente de una sábana o camisa empapada en agua fría que se aplicaba sobre la espalda martirizada, sobre todo si la víctima no estaba en condiciones de cuidarse sola, así como en la minuciosa extracción de las astillas que suelen introducirse en las llagas de la espalda cuando las baquetas se rompen al golpearla. Esta operación resulta normalmente muy desagradable para quien la padece. Pero en general me producía asombro la entereza inaudita con la que los castigados soportaban el dolor. Vi a muchos de ellos, algunos ferozmente maltratados, y casi ninguno dejó escapar ni un quejido. Tan sólo el rostro parecía desfigurarse y palidecía, los ojos ardían, la mirada se mostraba perdida, inquieta, los labios temblaban y los infelices se los mordían a propósito, casi hasta hacerse sangre. El soldadillo que acababa de entrar era un muchacho de unos veintitrés años, fuerte, de constitución musculosa, guapo, alto, esbelto, de piel morena. Su espalda había sufrido un castigo bastante considerable. Estaba desnudo de cintura para arriba; tenía puesta sobre los hombros una sábana mojada que le hacía temblar con todo su ser, como en un estado febril, y estuvo recorriendo la sala de un lado a otro durante hora y media. Yo me fijé atentamente en su rostro: parecía tener la mente en blanco en aquellos momentos, su mirada era extraña y salvaje, huidiza; daba la sensación de que se le hacía imposible centrar su atención en algo. Me pareció que se fijaba en mi té. Estaba caliente y salía vapor de la taza, mientras que el infeliz estaba aterido: temblaba y le castañeteaban los dientes. Le invité a beber. Sin decir una palabra, se volvió hacia mí con brusquedad, cogió la taza y se la tomó de pie, sin azúcar; actuaba de forma atropellada, se diría que ponía todo su empeño en no mirarme. Tras bebérselo todo, dejó la taza en silencio y, sin hacerme siquiera un gesto con la cabeza, reanudó sus paseos por la sala. Pero la verdad es que no estaba para hablar ni para hacer gestos. En cuanto a los demás reclusos, al principio todos evitaron por algún motivo entablar conversación con el joven recluta castigado; al contrario: tras haberle ayudado en los primeros momentos, parecían después esforzarse en no prestarle la menor atención, tal vez porque querían dejarle tranquilo cuanto antes y no abrumarle con nuevas preguntas y muestras de simpatía, de lo cual él se mostraba muy satisfecho.