Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Entretanto había oscurecido y encendieron la lamparilla. Unos pocos presos tenían sus propias palmatorias. Por fin, después de la visita vespertina del doctor, entró el suboficial de guardia e hizo el recuento de los enfermos, tras lo cual la sala quedó cerrada, aunque previamente habían traído un gran bacín para las necesidades nocturnas… Me quedé sorprendido al saber que este bacín estaría ahí toda la noche, cuando había un retrete propiamente dicho en el pasillo, a dos pasos de la puerta. Pero así lo marcaba el reglamento. Durante el día a los presidiarios por lo menos se les permitía abandonar la sala, aunque sólo por unos momentos; de noche, en cambio, bajo ningún concepto. Las salas de los presidiarios no se parecían a las salas ordinarias, y un recluso seguía cumpliendo su condena por muy enfermo que estuviera. No sé a quién se debe la implantación de este reglamento; lo que sí sé es que tales disposiciones no obedecían a un ordenamiento cabal y que nunca se ha manifestado de forma más evidente que en casos como éste la radical esterilidad de los formalismos. Esta norma no procedía, evidentemente, de los médicos. Vuelvo a repetirlo: los reclusos no se cansaban de alabar a sus doctores, a los que estimaban como padres y respetaban. Cada enfermo recibía de ellos un gesto afectuoso o una buena palabra, y para un prisionero, a quien todo el mundo rechaza, esto tenía mucho valor, pues él veía la autenticidad y la sinceridad de esa buena palabra o de ese gesto afectuoso. Y todo esto podría no haber sido así: nadie habría pedido cuentas a los médicos si su trato hubiera sido distinto, o sea, más grosero y más inhumano; por tanto, su bondad respondía a una filantropía genuina. Y ellos comprendían, por descontado, que un enfermo, sea quien sea, presidiario o no, necesita aire fresco, por ejemplo, igual que lo necesita otro paciente cualquiera, aunque sea del más alto rango. Los pacientes de las otras salas, cuando estaban convalecientes, podían, entre otras cosas, pasear libremente por los pasillos, hacer más ejercicio o respirar un aire menos emponzoñado que el de la sala, siempre viciado e irremediablemente cargado de emanaciones sofocantes. Se siente temor y repugnancia al imaginar ahora hasta qué punto debía corromperse el ya de por sí corrompido aire de nuestra sala durante las noches, cuando traían aquel bacín, teniendo en cuenta las elevadas temperaturas de la sala y la clase de enfermedades que allí se daban, que obligaban a los pacientes a hacer sus necesidades a menudo. Ahora bien, si he afirmado hace un momento que un recluso seguía cumpliendo su condena aun estando enfermo, eso no significa que yo presupusiera, ni lo presupongo de hecho, que aquella norma hubiera sido concebida única y exclusivamente con fines punitivos. Esto constituiría una calumnia absurda por mi parte. Los enfermos ya tienen suficiente castigo. Pero si esto es así, no cabe duda entonces de que debía de existir alguna necesidad muy estricta y severa que obligaba a las autoridades a adoptar una medida de consecuencias tan nocivas. Pero ¿cuál? He aquí lo más lamentable: no existe ni una sola razón que permita explicar medianamente la necesidad de ésta o de muchas otras reglas, hasta tal punto incomprensibles que no sólo no admiten una explicación sino que ni siquiera permiten hacer conjeturas al respecto. ¿Cómo justificar una crueldad tan inútil? ¿Tal vez por el temor a que un recluso pudiera ingresar en el hospital fingiéndose enfermo, engañar a los médicos, salir de noche al retrete y, aprovechando la oscuridad, darse a la fuga? Se trata de un razonamiento tan disparatado que no es posible tomárselo en serio. ¿Adónde podría huir el recluso? ¿Cómo lo haría? ¿Con qué ropa? Durante el día les permiten salir de uno en uno; lo mismo podría hacerse por la noche. En la puerta hay un centinela con el fusil cargado. El retrete está literalmente a dos pasos del centinela, pero, con eso y con todo, el enfermo va acompañado del centinela auxiliar, que en ningún momento le quita los ojos de encima. Allí hay una sola ventana de doble bastidor, de tipo invernal, y con rejas de hierro. En el patio al que da esa ventana, justo al lado de las ventanas de las salas de los presidiarios, hace su ronda durante toda la noche otro centinela. Para salir por la ventana, habría que romper el bastidor y las rejas. ¿Quién iba a permitirlo? Pero imaginemos que un presidiario consiguiera matar al centinela que le acompaña, sin que éste profiriera un solo grito y sin que nadie oyera nada. Admitiendo esto, lo cual ya es absurdo, todavía tendría que romper la ventana y la reja. Hay que tener en cuenta que ahí mismo, al lado del centinela, duermen los guardianes de la sala y que, diez pasos más allá, junto a la otra sala destinada a presidiarios, hay otro centinela armado, acompañado del correspondiente centinela auxiliar y de los guardianes de sala. Además, ¿adónde podría ir en invierno, vestido con calcetines, pantuflas, el batín del hospital y el gorro de dormir? Y, en vista de que el riesgo de fuga es tan insignificante (de hecho no existe ningún riesgo real), ¿por qué se endurece de forma tan rigurosa la situación de unos enfermos que pueden estar viviendo sus últimos días o sus últimas horas, unos enfermos para quienes el aire fresco es aún más necesario que para los sanos? ¿Por qué? Nunca he conseguido entenderlo…