Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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Pero ya que he formulado esta pregunta, y puestos a tratar el problema, no puedo pasar por alto otra cuestión que me ha llamado poderosamente la atención durante años, y que constituye un verdadero enigma al que jamás he sabido dar una respuesta. No puedo dejar de decir al menos unas palabras sobre este asunto, antes de continuar mi descripción. Me refiero a los grilletes, de los que nunca se libran los condenados por muy enfermos que estén. Los tuberculosos, incluso, morían ante mis ojos con los grilletes puestos. Y lo cierto es que todo el mundo estaba acostumbrado a esta situación, todos la consideraban algo consumado e irreversible. Muy probablemente, nadie pensara siquiera en esto, ya que no hubo en todos esos años ni un solo médico al que se le ocurriera interceder jamás ante las autoridades para que se los quitaran a algún recluso gravemente enfermo, a algún tuberculoso sobre todo. Admitamos que los grilletes, como tales, no constituyen una carga tan terrible. Su peso oscila entre las diez y las doce libras. Cargar con diez libras no representa un gran esfuerzo para una persona sana. Aunque me han contado, por cierto, que al cabo de ciertos años con los grilletes puestos las piernas empiezan a secarse. No sé si será verdad, pero parece tener alguna verosimilitud. Una carga, aunque sea moderada, aunque no pase de diez libras, cuando está sujeta a la pierna de un modo permanente, incrementa de forma artificial el peso del miembro y acaba finalmente por causarle algún perjuicio… Pero admitamos que para una persona sana la cosa no tenga mayor importancia. ¿Ocurre lo mismo con un enfermo? Admitamos que tampoco le afecte a un enfermo corriente. Pero ¿ocurrirá lo mismo con los enfermos graves, ocurrirá lo mismo, insisto, con los tísicos, a quienes, sin necesidad de grilletes, se les secan los brazos y las piernas y no tienen fuerzas para sostener una brizna de hierba? En verdad, si los responsables médicos obtuvieran este alivio cuando menos para los tuberculosos, habrían realizado con ello una obra de caridad genuina y grandiosa. Alguien podría objetar que un preso es un malhechor que no merece nuestra caridad, pero ¿acaso es necesario agravar la pena de quien ya ha sido señalado por el dedo de Dios? Ni siquiera es creíble que esto se haga con fines punitivos. De hecho, los tribunales eximen a los tuberculosos de los castigos corporales. Por tanto, nos hallamos de nuevo ante una medida grave y misteriosa, adoptada en nombre de la cautela salvadora, pero que no resulta comprensible. Realmente, es imposible temer que un tísico se vaya a escapar. ¿A quién se le podría ocurrir algo así, sobre todo cuando la enfermedad ha alcanzado cierto grado de desarrollo? Y en cuanto a la posibilidad de que alguien se finja tuberculoso y engañe a los doctores para conseguir fugarse, es algo sencillamente impensable. Esta enfermedad no lo permite: se detecta a primera vista. Pero, además, ¿es que les ponen grilletes a los reclusos para impedir que se escapen, o para estorbarles en la fuga? En absoluto. Los grilletes son sólo un estigma, un oprobio, una carga física y moral. Así se considera, al menos. Pero no pueden impedir que nadie se dé a la fuga. Hasta el más torpe, hasta el más inútil de los reclusos es capaz, sin el mayor esfuerzo, de limarlos en poco tiempo o de sacarles el remache con una piedra. Los grilletes, decididamente, no sirven para prevenir nada; y siendo esto así, si están concebidos sólo para el castigo del condenado, entonces vuelvo a mi pregunta: ¿cómo es posible castigar a un moribundo?


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