Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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En el momento en que estoy escribiendo esto, me viene con toda claridad a la memoria la imagen de un moribundo, un tísico, precisamente Mijáilov, el que ocupaba la cama situada casi enfrente de la mía, cerca de Ustiántsev, y que murió, creo recordar, al cuarto día de mi llegada al hospital. Tal vez, al empezar a hablar sobre los tísicos no haya hecho sino rememorar, inconscientemente, las impresiones y los pensamientos que entonces me asaltaron, con ocasión de dicha muerte. Por lo demás, al propio Mijáilov yo apenas le conocía. Era un hombre aún muy joven, de veinticinco años a lo sumo, alto, delgado y extraordinariamente bien parecido. Estaba en la sección especial y llamaba la atención por su carácter taciturno, siempre sumido en una especie de melancolía tranquila y silenciosa. En el penal parecía que estuviera «quedándose seco». Al menos eso era lo que, más adelante, solían comentar los reclusos, entre los cuales dejó una buena impresión. Yo sólo me acuerdo de que tenía unos ojos bonitos, y la verdad es que no sé por qué me ha venido ahora su figura con tal nitidez a la memoria. Falleció a eso de las tres de la tarde, un luminoso día de helada. Recuerdo cómo atravesaba el sol, con sus intensos rayos oblicuos, los verdes cristales de las ventanas de nuestra sala, levemente escarchados. Todo un torrente de luz se derramaba sobre el infeliz. Cuando murió estaba inconsciente, tras una penosa agonía que se había prolongado durante varias horas ininterrumpidas. Aquella misma mañana sus ojos habían empezado a no reconocer a quienes se acercaban a él. Intentaban aliviarle de algún modo, viendo lo mucho que estaba sufriendo: respiraba con dificultad, profundamente, emitiendo ronquidos; levantaba mucho el pecho, como si le faltara el aire. Se quitó la manta de encima, apartó la ropa de la cama y, por último, intentó desprenderse de la camisa, que también le resultaba pesada. Le ayudaron a quitársela. Daba miedo mirar aquel larguísimo cuerpo, con los brazos y las piernas apergaminados, reducidos a puro hueso, con el vientre hundido, el pecho saliente y las costillas claramente resaltadas, como un esqueleto. En todo su cuerpo lo único que había era una cruz de madera con un saquito de incienso[64] y los grilletes, a través de los cuales se diría que podrían salir sus escuálidos pies. Media hora antes de su fallecimiento, todos en la sala nos fuimos sosegando y empezamos a hablar en voz muy baja. Los que andaban procuraban no hacer el menor ruido con sus pisadas. Apenas conversábamos, y lo hacíamos sobre asuntos intrascendentes; tan sólo de vez en cuando alguien echaba un vistazo al moribundo, que roncaba de forma cada vez más aparatosa. Por fin, con una mano vacilante e insegura, buscó el saquito que estaba sobre su pecho, que también parecía constituir un peso molesto y opresivo para él. Se lo quitaron. Murió a los diez minutos. Alguien dio unos golpes en la puerta para avisar al centinela y comunicar lo ocurrido. Entró un guardián, miró estúpidamente al difunto y fue a llamar al practicante. Éste, un buen muchacho que se preocupaba en exceso por su aspecto, bastante atractivo por lo demás, se presentó de inmediato; con pasos rápidos y enérgicos que resonaron en la sala enmudecida se acercó hasta el difunto y, haciendo gala de una desenvoltura poco corriente, que parecía expresamente estudiada para la ocasión, le tomó el pulso, le tanteó, hizo un gesto elocuente con la mano y salió. De inmediato fueron a dar parte a la guardia: se trataba de un delincuente de importancia, de la sección especial; con él había que seguir unos trámites especiales incluso para certificar su muerte. Mientras se esperaba a la guardia, alguno de los reclusos planteó en voz baja la conveniencia de cerrar los ojos al difunto. Otro le escuchó atentamente, se dirigió en silencio al muerto y se los cerró. Al ver entonces la cruz depositada sobre la almohada, la recogió, la examinó y, sin decir palabra, volvió a ponérsela en el cuello a Mijáilov; entonces se persignó. Mientras tanto, el rostro sin vida iba tornándose más rígido; un rayo de luz jugueteaba en él; la boca estaba entreabierta y se veían brillar dos hileras de dientes blancos y juveniles bajo los labios finos, pegados a las encías. Por fin llegó el suboficial de guardia, con casco y sable corto, seguido de dos guardianes. A medida que se acercaba, iba amortiguando el paso, y contemplaba perplejo a los reclusos silenciosos que le miraban con severidad desde todos los rincones. Por fin se detuvo a un paso del muerto, y se quedó inmóvil, como cohibido. La visión del cadáver, completamente desnudo, consumido, sin otra indumentaria que los grilletes, le dejó pasmado; de pronto, soltándose el barboquejo, se quitó el casco, cosa que no se le exigía en absoluto, e hizo una amplia señal de la cruz. Su rostro era duro, grisáceo, propio de un veterano. Recuerdo que en aquel preciso instante estaba a su lado Chekunov, también viejo y canoso. Éste no apartaba ni un momento la vista del rostro del suboficial, mirándole en silencio, fijamente, sin perderse el menor detalle de sus gestos. Pero sus ojos se encontraron y a Chekunov empezó a temblarle de pronto el labio inferior. Hizo una especie de mueca extraña, enseñó los dientes y, bruscamente, tras hacer con la cabeza un gesto fortuito con el que pareció dirigirse al suboficial para que mirase al muerto, exclamó:


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