Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Mi primera impresión, al entrar en el penal, fue horrible; pero, no obstante —¡cosa extraña!— me pareció que en el presidio era mucho más fácil vivir de lo que yo habÃa imaginado en el camino. Los presos, aunque con grilletes, andaban libremente por todo el penal, discutÃan, cantaban canciones, trabajaban para sà mismos, fumaban en pipa e incluso bebÃan vodka (aunque muy poco), y por las noches jugaban a las cartas. El trabajo en sÃ, por ejemplo, no me pareció tan duro y forzado, y sólo al cabo de mucho tiempo caà en la cuenta de que lo duro y forzado de aquel trabajo no era tanto su dificultad o su carácter continuado como el hecho de ser obligatorio, impuesto bajo coacción. Un mujik en libertad trabaja, sin duda, incomparablemente más, a veces incluso de noche, sobre todo en verano; pero trabaja para sà mismo, trabaja con un fin racional, y se siente incomparablemente mejor que un preso que realiza una labor impuesta y totalmente inútil para él. Me vino a la cabeza una vez la idea de que, si se quisiera machacar, aniquilar a un hombre, castigarle al más horrible de los castigos, hasta el punto de hacer temblar al más terrible criminal, hacerle que sintiera miedo de antemano, bastarÃa con dar al trabajo un carácter completamente inútil y sin sentido. Si los actuales trabajos forzados son aburridos y carecen de interés para el presidiario, considerados en sà mismos, como trabajo, son razonables: el preso hace ladrillos, cava la tierra, enluce paredes, construye; este trabajo tiene un sentido y un fin. El trabajador forzado se apasiona a veces con su labor, quiere hacerla con más destreza, más aprisa, mejor. Pero, si se le obligara a trasegar agua de una tina a otra, y luego de la segunda a la primera, a apisonar arena, a acarrear un montón de tierra de un lugar a otro y viceversa, creo que el preso se ahorcarÃa al cabo de unos dÃas o cometerÃa acaso mil crÃmenes con tal de morir y verse libre de esa humillación, vergüenza y tormento. Tal castigo se convertirÃa en una tortura, en una venganza, y carecerÃa de sentido porque no alcanzarÃa ningún fin razonable. Pero como una parte de esa tortura, de ese sinsentido, de esa humillación y vergüenza existe necesariamente en cualquier trabajo impuesto, el trabajo forzado es incomparablemente más doloroso que cualquier trabajo libre, por el mero hecho de que es un trabajo impuesto.