Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Por lo demás, yo ingresé en presidio en invierno, en el mes de diciembre, y aún no tenÃa idea del trabajo de verano, cinco veces más duro. En invierno, en nuestra fortaleza se hacÃa poco trabajo reglamentario. Los reclusos iban al rÃo Irtish a desguazar viejas barcazas del Estado, trabajaban en talleres, barrÃan de los edificios oficiales la nieve arrojada por las tormentas, cocÃan y molÃan alabastro, etc. El dÃa de invierno era corto, el trabajo acababa pronto y toda nuestra gente regresaba temprano al penal, donde apenas habÃa nada que hacer, a no ser el trabajo propio. Pero a éste sólo se dedicaba, quizá, un tercio de los reclusos; los demás no hacÃan nada, iban sin necesidad de un barracón a otro, discutÃan, tramaban intrigas, historias, y se emborrachaban, si caÃa en sus manos algún dinero; por las noches se jugaban a las cartas hasta la última camisa; y todo ello por aburrimiento, por ociosidad, por no tener nada que hacer. Más tarde comprendà que, además de la privación de libertad, además de los trabajos forzados, existe en la vida carcelaria un tormento quizá más duro que todos los demás: la convivencia forzosa. La convivencia existe, desde luego, en otras partes; pero a un presidio llega gente con la que no todo el mundo querrÃa convivir, y estoy seguro de que todos los presos sentÃan ese tormento, aunque, por supuesto, la mayorÃa de ellos inconscientemente.