Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Los médicos pasaban visita en las salas por la mañana; se presentaban todos juntos a eso de las once, acompañando al médico jefe, aunque previamente, cosa de hora y media antes, ya habÃa tenido lugar la visita del médico interno. En aquella época, el interno que estaba a cargo de nuestra sala era un médico jovencito, buen conocedor de su oficio, afectuoso, cordial, a quien todos los reclusos tenÃan un gran aprecio; sólo le encontraban un defecto: tenÃa un carácter demasiado blando. En efecto, era más bien reservado y parecÃa incluso cohibido en nuestra presencia: poco le faltaba para ruborizarse; modificaba las dietas en cuanto se lo pedÃan los enfermos e incluso parecÃa dispuesto a recetarles las medicinas que le solicitaran. Por lo demás, era un joven encantador. Hay que reconocer que muchos médicos gozan en Rusia del amor y el respeto de las gentes sencillas, y con toda justicia, por lo que yo he podido observar. Ya sé que mis palabras pueden parecer una paradoja, especialmente si se tiene presente la desconfianza generalizada del pueblo ruso hacia la medicina y los medicamentos extranjeros. En efecto, un hombre del pueblo que padezca una enfermedad muy grave preferirá pasarse varios años seguidos al cuidado de una curandera o tratarse con sus propios remedios caseros y populares (que no son en absoluto despreciables) antes que acudir a un doctor o ingresar en un hospital. Pero, aparte de que aquà se da una circunstancia muy importante y que nada tiene que ver con la medicina, como es el recelo general del pueblo llano hacia todo aquello que se presente con el sello de lo administrativo, de lo oficial; aparte de esto, el pueblo desconfÃa de los hospitales y está prevenido contra ellos a causa de una serie de temores y de chismes, a menudo absurdos pero que a veces no carecen de fundamento. Pero principalmente al pueblo le asustan las ordenanzas de los hospitales, al estilo alemán, las personas desconocidas que tiene a su alrededor mientras dura la enfermedad, el severo régimen alimenticio, las historias que se cuentan sobre la inflexible rigidez de practicantes y médicos, sobre el descuartizamiento y destripamiento de los cadáveres, etc. Además, razona el pueblo, son los señores los que realizan el tratamiento, pues los médicos, a fin de cuentas, son señores. Pero cuando conocen más de cerca a los médicos (no faltan excepciones, pero en la mayorÃa de los casos sucede asÃ) todos estos temores se desvanecen de inmediato, lo cual, en mi opinión, honra a nuestros doctores, sobre todo a los más jóvenes. En su mayor parte, saben hacerse acreedores al respeto e incluso al afecto del pueblo llano. Escribo, al menos, de lo que yo personalmente he visto y he comprobado, en más de una ocasión y en distintos lugares, y no tengo ninguna base para suponer que en otras partes la cosa vaya a ser muy diferente. Por supuesto, en algunos rincones apartados los médicos aceptan sobornos, se aprovechan tremendamente de sus hospitales, prácticamente se desentienden de los pacientes y llegan incluso a olvidarse de la medicina. Todo esto sigue existiendo; pero yo me refiero a la mayorÃa o, mejor dicho, al espÃritu, a la tendencia que se está imponiendo en nuestros dÃas en la medicina. Los otros, los renegados de su profesión, los lobos en el rebaño de ovejas, por mucho que intenten justificarse, por mucho que aleguen pretextos como que el medio ha acabado por engullirles también a ellos, nunca tendrán razón, sobre todo si con ello han perdido también su humanidad. Porque a veces los enfermos necesitan más la humanidad, la ternura, la compasión fraternal, que todos los medicamentos. Ya es hora de que nos dejemos de protestas apáticas contra un medio que nos ha engullido. Es cierto que el medio nos engulle en muchos sentidos, pero nunca por completo, y a menudo el pÃcaro astuto que se da cuenta de todo sabe muy bien cómo invocar la influencia del medio para encubrir y justificar no sólo su debilidad, sino también en muchos casos su auténtica villanÃa, sobre todo si sabe hablar o escribir con elocuencia. Por lo visto, he vuelto a desviarme del tema; tan sólo querÃa manifestar que el pueblo llano siente recelo y hostilidad hacia la administración sanitaria, más que hacia los médicos. Al conocer a estos tal y como son, en el ejercicio de su profesión, enseguida abandona muchas de sus prevenciones. Otra cuestión es el estado de nuestros centros sanitarios, que hasta el momento presente no se corresponde en muchos aspectos con el espÃritu del pueblo, cuya normativa sigue chocando con los hábitos de las gentes sencillas y que no está en condiciones de obtener su plena confianza y respeto. Al menos esto es lo que a mà me parece, de acuerdo con mis impresiones personales.