Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Nuestro interno solía detenerse ante cada enfermo, le examinaba a fondo, prestándole una atención extraordinaria, le interrogaba, le recetaba medicinas y le prescribía una dieta. A veces él mismo se daba cuenta de que el enfermo no tenía ninguna enfermedad; pero, como el recluso había venido a descansar de los trabajos o a dormir en una cama, en vez de hacerlo sobre unas tablas desnudas, y, por lo menos, en una habitación templada, y no en un húmedo calabozo, donde se hacinan de mala manera montones de presos pendientes de juicio, pálidos y consumidos (en toda Rusia, los presos pendientes de juicio están casi siempre pálidos y consumidos, señal de que las condiciones de su detención y su estado de ánimo son normalmente aún peores que en el caso de los condenados), entonces el interno le diagnosticaba tranquilamente alguna febris catarhalis y le mandaba guardar cama durante una semana entera. Todos nos reíamos de semejante febris catarhalis. De sobra sabíamos que ésa era la fórmula adoptada entre nosotros, en virtud de un acuerdo tácito entre el doctor y el enfermo, para designar una enfermedad imaginaria, los «dolores agudos de reserva», que es como los propios reclusos traducían el término febris catarhalis. A veces el enfermo abusaba de la bondad del médico y seguía guardando cama hasta que le echaban a la fuerza. Había que ver en esas ocasiones a nuestro médico: se sentía muy apurado, como si se avergonzara de decirle abiertamente al enfermo que debía restablecerse y pedir el alta cuanto antes, y eso a pesar de que tenía pleno derecho a dársela él por las buenas, sin miramientos ni explicaciones, con sólo anotar en sus hojas de seguimiento: sanat est. Al principio le hacía insinuaciones al enfermo, y después parecía rogarle: «¿No te parece que ya va siendo hora? Mira, ya casi estás sano, y en la sala no hay apenas sitio», y así seguía hasta que el propio enfermo empezaba a tomar conciencia y él mismo pedía finalmente el alta. El médico principal, aunque era una persona compasiva y honrada (y también los enfermos le apreciaban), era incomparablemente más severo y más enérgico que el interno y, si la ocasión lo requería, manifestaba un rigor absoluto, cosa por la que era especialmente respetado. Se presentaba en compañía de todos los médicos del hospital, después de la visita del interno, y también examinaba a cada enfermo por separado, deteniéndose en especial con los más graves, para quienes siempre sabía encontrar una palabra bondadosa, alentadora, cordial incluso, y causaba en general una excelente impresión. Nunca rechazaba a los que habían ingresado con «dolores agudos de reserva», ni les mandaba de vuelta al presidio; pero si un enfermo se obstinaba en exceso, entonces sencillamente le daba el alta diciéndole: «Vamos, hermano, has estado mucho tiempo en la cama y ya has descansado, así que levanta, que ya es hora de irse». Los que intentaban quedarse, por lo general, eran los perezosos por naturaleza, sobre todo en verano, el período de mayor trabajo, o los presos pendientes de juicio que esperaban un castigo corporal. Recuerdo que con uno de ellos se empleó una especial severidad, crueldad incluso, para empujarle a pedir el alta. Llegó con una enfermedad de los ojos: los traía enrojecidos y se quejaba de un dolor muy punzante en ellos. Empezaron a tratarle con parches de cantáridas, con sanguijuelas, con gotas de un líquido corrosivo, etc., pero la enfermedad no remitía y los ojos no se le aclaraban. Poco a poco los médicos adivinaron que la enfermedad era fingida: la irritación, que era moderada, ni empeoraba ni se curaba, manteniéndose estacionaria, lo cual resultaba sospechoso. Todos los reclusos sabían ya que fingía para engañar a la gente, aunque él mismo nunca lo hubiera reconocido. Era un muchacho joven, probablemente guapo, pero que a todos nos producía una impresión desagradable: era retraído, suspicaz, lúgubre, nunca hablaba con nadie ni miraba a la cara, se ocultaba de todo el mundo, como si desconfiase de todos. Recuerdo que a alguno incluso se le ocurrió pensar que podría hacer algún disparate. Era soldado, y había cometido un robo importante; fue descubierto, y por su acción le esperaban mil palos y la compañía de castigo. Tal y como he comentado antes, algunos acusados, para retrasar el momento del castigo, toman a veces una decisión extrema: la víspera de la ejecución de la sentencia, dan una cuchillada a un superior o a alguno de sus propios camaradas de presidio, de modo que les juzgan nuevamente y el castigo se aplaza por unos dos meses, que es lo que pretendían. Poco les importa que la condena que les impongan al cabo de ese tiempo sea dos o tres veces más severa; lo único que les preocupa por el momento es alejar el terrible momento siquiera por unos cuantos días, y después que pase lo que tenga que pasar: hasta ese punto llega a veces la desmoralización de estos infelices. Algunos prisioneros cuchicheaban entre sí, diciendo que era preciso ser precavidos, no fuera aquel recluso a acuchillar a alguien por la noche. Lo cierto es que se limitaron a hablar, pero no se adoptó ninguna medida especial como precaución, ni siquiera por parte de los que dormían junto a su cama. Habían visto que de noche se frotaba los ojos con cal del estucado y con alguna otra cosa para que por la mañana siguieran estando enrojecidos. Por fin, el médico principal le amenazó con utilizar el sedal como tratamiento. En las enfermedades oculares más rebeldes, cuando se prolongan mucho tiempo y se han probado ya todo tipo de remedios, para salvar la vista los doctores recurren a un procedimiento muy agresivo y doloroso: colocan al enfermo un sedal, como si se tratara de un caballo. Pero ni por ésas estaba dispuesto el infeliz a recobrar la salud. Realmente debía de ser un tipo muy terco, si es que no era extremadamente cobarde, pero lo cierto es que el sedal, aunque no sea tan doloroso como los baquetazos, es también una auténtica tortura. Al enfermo, en la parte de atrás del cuello, le cogen toda la piel que se puede abarcar con una mano y allí practican una incisión con un cuchillo, produciéndole una herida larga y ancha que recorre toda la nuca; en esta herida introducen una cinta de tela gruesa, de casi un dedo de anchura; después, cada día, a una hora determinada, retuercen la cinta dentro de la herida, de modo que es como si volvieran a abrirla, para que siga supurando y no pueda cicatrizar. El pobrecillo soportó, entre terribles sufrimientos además, esta tortura durante algunos días hasta que, finalmente, accedió a solicitar el alta. De la noche a la mañana sus ojos sanaron totalmente y, en cuanto cicatrizó la herida del cuello, fue enviado al cuerpo de guardia para recibir al día siguiente sus mil baquetazos.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker