Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Desde luego, debe de ser muy duro el momento que precede al castigo, tan duro que pecaría de injusto llamando pusilánimes y cobardes a los que sienten miedo. Debe de ser realmente muy duro, cuando los condenados se exponen a un castigo dos o tres veces mayor, con tal de no sufrirlo de inmediato. No obstante, también he mencionado a aquellos otros que pedían el alta cuanto antes, sin tener aún curadas las heridas de la espalda causadas por la primera tanda de palos, para poder recibir los restantes azotes y zanjar definitivamente el proceso que tenían abierto, ya que esa situación de procesados, en prisión preventiva, les resultaba a todos algo muchísimo más duro que el penal. Pero además de las diferencias de temperamento, la decisión y entereza de algunos está en gran parte condicionada por la inveterada costumbre de propinar azotes y castigos corporales. Los que han sido golpeados muchas veces, con el ánimo y la espalda endurecidos, acaban por ver el castigo con cierto escepticismo, casi como un pequeño contratiempo, y ya no le tienen miedo. Así ocurre en términos generales. Uno de los reclusos de nuestra sala, procedente de la sección especial, el calmuco[65] bautizado Alexánder, o Alexandra, como allí lo llamábamos, un tipo peculiar, pícaro, intrépido, y muy bondadoso a la vez, me contaba cómo había salido de sus cuatro mil golpes; me lo contaba entre risas y bromas, pero de pronto se puso muy serio y me juró que, si desde la infancia, desde su más tierna y temprana infancia, no hubiera crecido bajo el látigo, gracias al cual literalmente su espalda no se había visto libre de cicatrices en todo el tiempo en que había vivido en su horda, no habría podido de ningún modo resistir esos cuatro mil golpes. Al contármelo, parecía bendecir esta educación bajo el látigo. «Me pegaban por todo, Alexánder Petróvich —me contaba una vez, sentado en mi cama, al atardecer, antes de que encendieran las luces—, por todo y para todo, por cualquier motivo, durante quince años seguidos, desde el primer día que guardo en mi memoria, varias veces al día; si alguien no me pegaba era porque no quería; de ese modo, al final yo ya estaba totalmente acostumbrado». No sé cómo acabó siendo soldado; al menos, no lo recuerdo, aunque puede que me lo hubiera contado; siempre estuvo de acá para allá, de vagabundo. Sí recuerdo en cambio lo que contó acerca del miedo que sintió cuando le condenaron a cuatro mil golpes por el asesinato de un oficial. «Yo sabía que me esperaba un castigo severo, y que tal vez no saldría vivo de los golpes; por muy acostumbrado que estuviera al látigo, ¡menuda broma son cuatro mil palos!, y encima con todos los oficiales enfurecidos. Sabía, con toda seguridad además, que el castigo no sería en balde, que yo no saldría adelante, que no lo permitirían. Se me ocurrió probar a bautizarme, pensaba que a lo mejor me perdonaban, y por más que los amigos me decían entonces que la cosa no daría resultado, que no me perdonarían, yo pensaba: de todos modos probaré, siempre tendrán más compasión de un cristiano. En efecto, me bauticé y adopté el nombre de Alexánder; muy bien, pero los palos se quedaron como estaban, no me perdonaron ni uno; me pareció una ofensa, incluso. Entonces me dije: esperad un poco, os voy a engañar a todos, y bien. ¡Y querrá usted creer, Alexánder Petróvich, que les engañé! Yo sabía hacerme el muerto de una forma increíble; o sea, no muerto del todo, sino como si estuviera entregando el alma en ese instante. Me llevaron y me dieron la primera tanda de mil: “¡Me quema!”, grito; me dan la segunda, y pienso: “Mi fin se acerca”; perdía el juicio, se me doblaban las piernas, caí al suelo desplomado: los ojos muertos, la cara amoratada, sin aliento, con espuma en la boca. Se acercó el médico: “De ésta se muere”, dijo. Me llevaron al hospital, y reviví de inmediato. Otras dos veces me sacaron para el castigo, furiosos, muy furiosos conmigo, y las dos veces les engañé; en cuanto acabó la tercera tanda de mil, me desmayé; pero en la cuarta cada baquetazo era como una puñalada en el corazón, cada uno pasaba por tres: ¡me pegaban tan fuerte! Se ensañaron conmigo. Así que este último millar mezquino (¡maldito sea!) valió por los tres primeros y, de no haberme muerto casi al final (tan sólo quedaban doscientos palos), habrían seguido golpeándome hasta matarme. Pero yo no me dejé someter: volví a engañarles y volví a desmayarme; otra vez me creyeron, y cómo no iban a creerme si el médico se lo creía. Eso sí, en los doscientos que me quedaban, me golpearon después con toda su rabia, tan fuerte que dos mil habrían sido un castigo más leve; pero, bueno, se quedaron con dos palmos de narices y no pudieron conmigo. ¿Y por qué? Pues por lo mismo: porque desde niño he crecido bajo el látigo. Por eso sigo vivo hoy. ¡Ay, cuánto me han pegado, cuánto me han pegado en toda mi vida!», añadió al final de su relato, como sumido en una triste reflexión, como si se esforzara por recordar y calcular cuántas veces le habían pegado. «Pero no —concluyó, después de una breve pausa—, no se puede calcular cuántas veces me han pegado. Y, además, ¿para qué? Faltarían números». Me miró y se echó a reír, pero de forma tan bondadosa que no pude dejar de corresponderle con una sonrisa. «¿Sabía usted, Alexánder Petróvich, que ahora, cuando tengo un sueño por la noche, siempre sueño con que me están pegando? No tengo otra clase de sueños». Es verdad que a menudo gritaba por la noche, y que solía gritar a pleno pulmón, hasta el punto de que los reclusos le sacudían para despertarle: «Pero ¿cómo gritas así, demonio?». Era un tipo con buena salud, más bien bajo, alegre y bullicioso, de unos cuarenta y cinco años, que se llevaba bien con todo el mundo, aunque también es cierto que era muy aficionado a robar, motivo por el que le pegaban a menudo; pero, la verdad, ¿quién no tenía esa costumbre allí y a quién no le habían pegado por eso?