Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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Quiero añadir una sola cosa: yo siempre me quedaba asombrado de la bondad fuera de lo común, de la falta de malicia, con que las víctimas de los castigos contaban cómo les habían azotado y quién les había azotado. A menudo, no se percibía ni el más pequeño matiz de rabia o de odio en unos relatos que a mí, por momentos, me daban un vuelco al corazón y me aumentaban las palpitaciones. Y ellos, en cambio, contaban su historia y se reían como chiquillos. Un caso distinto es el de M…cki, por ejemplo, quien también me contó cómo fue su castigo; no era de origen noble, y le cayeron quinientos palos. Yo me había enterado por otros, y quise preguntarle si era verdad y cómo había ocurrido. Me respondió con laconismo, como si guardara cierto dolor íntimo, procurando esquivar mi mirada, y se ruborizó; al cabo de medio minuto me miró y vi brillar en sus ojos una chispa de odio, mientras sus labios temblaban de indignación. Tuve la sensación de que nunca había podido olvidar esa página de su pasado. Pero casi todos los reclusos (no garantizo que no hubiera excepciones) tenían una visión muy distinta del asunto. No es posible, pensaba yo en ocasiones, que se consideren totalmente culpables y merecedores de la pena, sobre todo cuando no han cometido un pecado contra sus compañeros, sino contra los jefes. En su mayoría, no se sentían culpables en absoluto. Ya he comentado que no había notado en ellos ningún remordimiento de conciencia, ni siquiera cuando el delito se dirigía contra su propio entorno. Y no digamos cuando eran delitos contra los superiores. En estos casos, a veces me daba la impresión de que existía un criterio particular, por así decir, un criterio práctico o, más bien, realista. Se tomaba en consideración el destino, el carácter irrefutable del hecho, pero esto no era fruto de la reflexión, sino que se trataba de algo inconsciente, como cualquier creencia. El recluso, por ejemplo, aunque tiende siempre a sentirse legitimado en sus delitos contra los superiores, de modo que para él no tiene sentido plantearse siquiera la cuestión, es consciente, en términos prácticos, de que las autoridades tienen una visión completamente distinta de su crimen y, por tanto, de que él debe ser castigado, y en paz. Aquí, la lucha es recíproca. El criminal sabe muy bien, sin sombra de duda, que ha sido absuelto por el tribunal de los de su propio medio, de la gente humilde, que nunca, y esto también lo sabe él, le condenará definitivamente, y casi siempre le absolverá por completo, siempre y cuando su pecado no sea contra los suyos, contra sus hermanos, contra los de su misma condición humilde. Tiene la conciencia tranquila, y de su conciencia le viene la fuerza: no se altera moralmente, y eso es lo importante. Es como si sintiera que tiene donde apoyarse, y por eso no siente odio, sino que acepta lo sucedido como un hecho ineludible, que no ha empezado con él ni terminará con él, y que se prolongará aún durante mucho tiempo, en el curso de un combate que alguna vez fue establecido, un combate pasivo pero tenaz. ¿Qué soldado odia personalmente al turco cuando combate con él? Pero el turco le degüella, le clava la bayoneta, dispara contra él. De hecho, no todos los relatos eran totalmente fríos y desapasionados. Por ejemplo, cuando contaban la historia del teniente Zherebiátnikov, lo hacían con cierto matiz de indignación, aunque no muy fuerte. Las primeras noticias que tuve de este teniente Zherebiátnikov datan de mi primera estancia en el hospital, y procedían, claro está, de los relatos de los reclusos. Más tarde tuve ocasión de verle en persona, cuando estuvo destinado en nuestro cuerpo de guardia. Era un individuo de unos treinta años, alto, gordo, grasiento, de carrillos hinchados y colorados, con los dientes blancos y con una risa escandalosa, como la de Nozdriov[66]. Se le veía en la cara que era el hombre más superficial del mundo. Se volvía loco de entusiasmo con los azotes y los palos cuando le tocaba dirigir la ejecución de un castigo. Me apresuro a añadir que yo ya por entonces veía al teniente Zherebiátnikov como un monstruo entre los suyos, y que así le veían también los demás reclusos. Había aparte de él otros ejecutores —en tiempos pasados, se entiende, en ese pasado no tan lejano, del cual se puede decir aquello de que «son historias recientes, pero cuesta creerlas[67]»— a los que les gustaba cumplir su cometido con celo y aplicación. Pero la mayoría lo hacía de un modo ingenuo, sin especial entusiasmo. En cambio, el teniente era una especie de refinadísimo sibarita de las ejecuciones. Amaba apasionadamente el arte de las ejecuciones, y lo amaba por puro amor al arte. Se recreaba en él y, como habría hecho un ajado patricio de la época del Imperio romano, hastiado ya de tantos placeres, ideaba nuevos refinamientos, nuevas aberraciones, para zarandear un poco y cosquillear de forma agradable su alma cubierta de grasa. Imaginemos que sacan un preso para pasarle por las baquetas y que Zherebiátnikov es el ejecutor: una simple ojeada a la larga formación de hombres provistos de gruesos bastones basta para inspirarle. Por su propia iniciativa, recorre la formación y recuerda con vehemencia a sus hombres que cada uno debe realizar su tarea con celo, a conciencia, pues de lo contrario… Pero los soldaditos ya sabían lo que significa ese «de lo contrario». Ya está aquí el delincuente, y si todavía no conoce a Zherebiátnikov, si todavía no ha oído hablar de él con todo lujo de detalles, seguro que el teniente le sorprende con alguno de sus trucos. (Naturalmente, no es más que uno de sus innumerables trucos; la imaginación del teniente era inagotable). Todo preso, en el momento en que le desnudan y le atan de las manos a las culatas de los fusiles, para que después puedan tirar de él los suboficiales a lo largo de la calle verde, empieza, por regla general, a suplicar al ejecutor, con voz lloriqueante y quejumbrosa, que el castigo sea lo más leve posible, que no lo agrave con una severidad excesiva: «¡Tenga piedad, Señoría —grita el infeliz—, tráteme como un padre, que pueda yo rezar por su Señoría toda la vida, no me busque la ruina, por compasión!». Eso es justamente lo que está esperando Zherebiátnikov; al instante, suspende la operación y, con un aire no menos emotivo, entabla conversación con el reo:


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