Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta —Amigo mÃo —dice—, ¿y qué podrÃa hacer yo por ti? No soy yo quien te castiga, sino la ley.
—SeñorÃa, todo está en sus manos, ¡tenga compasión!
—¿Y piensas que no siento pena por ti? ¿Piensas que voy a disfrutar viendo cómo te azotan? ¡También yo soy un ser humano! ¿Lo soy o no? ¿Tú qué crees?
—De sobra lo sabemos todos, SeñorÃa, nadie lo duda: sus SeñorÃas son los padres, nosotros los hijos. ¡Sea un verdadero padre! —grita el recluso, que empieza a abrigar cierta esperanza.
—Pero, amigo mÃo, juzga tú mismo, inteligencia no te falta; yo sé muy bien que, por humanidad, debo mirarte con indulgencia y compasión, aunque seas un pecador.
—Su SeñorÃa no dice sino la pura verdad.
—SÃ, con compasión, por muy pecador que seas. Pero no se trata de mÃ, sino de la ley. ¡FÃjate bien! Yo sirvo a Dios y a la patria, y pesarÃa sobre mà un grave pecado si relajase la ley. Piénsalo bien.
—¡SeñorÃa!