Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta —Pero, en fin, ¡sea! Suerte que tienes. Sé que cometo un pecado, qué se le va a hacer… Me apiadaré de ti por esta vez, el castigo será ligero. Quién sabe si no te estaré perjudicando. Me apiado de ti, te concedo un castigo ligero, y tú te confÃas pensando que la próxima vez pasará lo mismo, y cometes otro delito. ¿Y entonces qué? Me pesará en el alma…
—¡SeñorÃa!, me encomiendo ante propios y extraños. Como si estuviera ante el trono del Creador de los cielos…
—¡Bueno, bueno, ya está bien! ¿Me juras que de aquà en adelante vas a portarte bien?
—Que el Señor me aniquile y que en el otro mundo…
—No jures, que es pecado. Me fÃo de tu palabra, ¿me das tu palabra?
—¡¡¡SeñorÃa!!!
—Bueno, escucha bien: voy a ser compasivo contigo por consideración a tus lágrimas de huérfano, ¿eres huérfano?
—SÃ, SeñorÃa, huérfano y sólo en el mundo, ni padre ni madre…