Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta —Bien, todo sea por tus lágrimas de huérfano; pero fÃjate bien, que es la última vez… Lleváoslo —añade con una voz tan bondadosa que el recluso ya no sabe qué oraciones elevar a Dios por tamaño benefactor. Pero he aquà que la temible procesión se ha puesto en marcha, se lo han llevado; empieza a redoblar el tambor, y ya se levantan los primeros palos…— ¡Adelante con él! —se desgañita Zherebiátnikov—. ¡Sacúdele, zúrrale bien! ¡Abrásale! ¡Otra vez, dale otra vez! ¡Venga, dale más fuerte al huerfanito, dale más fuerte a ese granuja! ¡Sacúdele, sacúdele! —y los soldados le sacuden con todas sus fuerzas, los ojos del infeliz despiden chispas, y empieza a chillar. Zherebiátnikov corre tras él por el frente de la formación, riendo sin parar a carcajadas, llorando de la risa, llevándose las manos a los flancos, incapaz ya de mantenerse erguido; de modo que al final casi da pena verlo, al pobrecito. Está tan contento, se divierte tanto… Y sólo de vez en cuando cesa su risa sonora, saludable, estrepitosa, y se oye una vez más—: ¡Sacúdele, dale más fuerte! ¡Abrasa a ese granuja, abrasa al pobre huérfano!…
Pero también se le ocurrÃan otras variantes: sacan a uno para castigarle; el recluso, como siempre, empieza a suplicar. Zherebiátnikov en esta ocasión no se hace de rogar ni gesticula, sino que se lanza con toda franqueza: