Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta —Mira, querido amigo —dice—, te voy a castigar como es debido, porque te lo mereces. Pero fÃjate en lo que puedo hacer por ti: no te voy a atar las manos a las culatas. Vas a pasar tú solo, aunque con una novedad: tienes que correr con todas tus fuerzas de un lado a otro del frente. AsÃ, aunque te caigan todos los baquetazos, la cosa será mucho más breve. ¿Qué te parece? ¿Quieres hacer la prueba?
El preso le escucha perplejo y desconfiado, y reflexiona: «¿Quién sabe? —piensa—, a lo mejor resulta asà más fácil de verdad; si corro a más no poder, la tortura durará cinco veces menos, y puede que no todos los golpes me den».
—Muy bien, su SeñorÃa, estoy de acuerdo.
—Entonces, yo también, ¡hala, a correr! ¡Atentos, que no se duerma nadie! —grita a los soldados, sabiendo de antemano que ni un solo palo va a dejar de caer en la espalda del reo; el soldado que falle el golpe también sabe de sobra a qué se expone. El recluso echa a correr con todas sus fuerzas por la calle verde, pero naturalmente no consigue recorrer más de quince filas; los palos, como el redoble de un tambor, como un relámpago, todos a una, caen de repente sobre su espalda, y el pobrecillo se desploma dando un grito, como si hubiera sido segado, o abatido por una bala.