Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Algo distintas, en otro tono y con otro espíritu, eran las historias que se contaban sobre el teniente Smekálov, que desempeñó la función de jefe de nuestro presidio antes de que designaran para ese puesto al mayor. De Zherebiátnikov hablaban con bastante indiferencia, sin especial rencor, aunque en todo caso sin admirar sus hazañas, sin alabarle, con un visible desdén. En cierto modo, se le miraba incluso con desprecio, altivamente. Por el contrario, al teniente Smekálov se le recordaba con alegría y placer. Resulta que éste no era de ningún modo un amante de los azotes, no había en él elementos puramente zherebiatnikovianos. Pero tampoco era contrario a los azotes; lo verdaderamente singular era que hasta de sus azotes los presos se acordaban con cierto cariño: ¡hasta tal punto sabía aquel hombre contentar a los reclusos! Pero ¿cómo lo hacía? ¿Con qué medios había alcanzado tal popularidad? La verdad es que nuestras gentes, y acaso todo el pueblo ruso en general, están dispuestas a olvidar toda clase de tormentos por una sola palabra amable; lo constato como un hecho, sin pretender examinarlo en este caso desde este o aquel punto de vista. No resultaba complicado contentar a esa gente y alcanzar la popularidad entre ella. Pero el teniente Smekálov había alcanzado una popularidad especial, de modo que hasta sus azotes se recordaban poco menos que con ternura. «Era como un padre», solían decir los reclusos, y llegaban a suspirar comparando en el recuerdo a su antiguo jefe interino, Smekálov, con el actual, el mayor de la plaza. «¡Era un bendito!» Era una persona sencilla, bondadosa quizá, a su modo. Pero a veces ocurre que alguien no ya bondadoso, sino magnánimo incluso, es uno de los jefes y ¿qué pasa?, pues que nadie le aprecia, y en ciertos casos, además, se ríen de él. Pero Smekálov sabía hacer las cosas de tal modo que todos los presidiarios le aceptaban como a uno de los suyos, y eso constituía una gran habilidad o, mejor dicho, una de esas capacidades innatas en las que no suelen reparar ni los mismos que las poseen. Cosa curiosa: entre esa clase de gente también los hay que no son nada buenos, y alcanzan a veces, sin embargo, una gran popularidad. No se muestran desdeñosos, no miran por encima del hombro a sus subordinados: ahí reside la causa, en mi opinión. No les ven como señoritos remilgados, no se percibe en ellos un talante aristocrático, sino que exhalan cierto aroma popular, que es en ellos innato. ¡Y cómo capta el pueblo ese aroma, Dios mío! ¡Qué no daría por él! Está dispuesto a cambiar al hombre más compasivo del mundo por el más severo, con tal de que este desprenda cierto tufillo a cáñamo, como el propio pueblo. Y si encima el hombre que así huele es realmente bondadoso, aunque lo sea a su manera, entonces ése sí que no tiene precio. El teniente Smekálov, como ya he dicho, en ocasiones infligía castigos dolorosos, pero sabía hacerlo de tal modo que no sólo no se enfurecían con él, sino que incluso más tarde, en mi época, cuando todo aquello ya había quedado muy atrás, aún recordaban con alegría y placer sus bromitas durante los castigos. Tampoco sabía gastar muchas: no andaba sobrado de fantasía artística. A decir verdad, su repertorio se reducía a una única broma, una tan solo, con la que se entretuvo a lo largo del año que estuvo en nuestro presidio; aunque puede que su encanto se debiera precisamente al hecho de ser la única. Había en todo ello una gran carga de ingenuidad. Supongamos que traían a un recluso culpable. Smekálov en persona preside la ejecución, con su sonrisa, sus bromas, haciendo preguntas al reo, preguntas sobre temas ajenos a la situación, sobre asuntos personales, familiares, sobre la vida en el presidio, y todo ello sin un propósito determinado, sin ninguna clase de zalamerías, sino sencillamente porque de verdad tiene interés en saber todo eso. Traen las varas, y una silla para Smekálov; se sienta e incluso enciende su pipa. Tenía una pipa muy larga. El reo empieza a suplicar… «No, hermano, tiéndete, ya para qué…», le dice Smekálov; el recluso suspira y se tiende. «Vamos a ver, querido amigo, ¿sabes de memoria cierta oración?» «¿Cómo no voy a saberla, Señoría? Somos cristianos, las aprendemos siendo niños». «Entonces, rézala». El preso ya sabe qué es lo que tiene que rezar, y sabe de antemano qué va a ocurrir durante el rezo, porque esta broma ya se ha repetido anteriormente unas treinta veces con otros. Y el propio Smekálov sabe que el recluso lo sabe; sabe que los soldados que sostienen sus varas sobre la víctima tendida están cansados de oír hablar de esta misma broma, pero de todos modos la vuelve a repetir; hasta tal punto ha debido gustarle, tal vez precisamente porque él mismo la ha ideado, por vanidad de literato. El recluso empieza a rezar, los soldados de las varas aguardan, y Smekálov se inclina levemente en su asiento, levanta la mano, deja de fumar: está esperando la palabra precisa. Acabado el primer versículo de la oración, el preso llega por fin a las palabras «en los cielos». Era todo lo que hacía falta. «¡Alto!», grita enardecido el teniente, y en un instante, con un gesto inspirado, dirigiéndose al soldado que alza su vara, ordena: «Y tú, sirve bien al que está en el suelo».