Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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Y estalla en carcajadas. Los soldados que le rodean sonríen maliciosamente; sonríe el ejecutor y no anda lejos de hacerlo también la propia víctima, a pesar de que nada más oírse la orden la vara ya está silbando en el aire, para cortar en ese mismo instante, como una navaja, el cuerpo del reo. Smekálov se regocija, se regocija precisamente por habérsele ocurrido una broma tan feliz, por haber compuesto él mismo lo de «en los cielos» y «en el suelo», que además rima. Smekálov se marcha de la ejecución muy contento consigo mismo, y el castigado se marcha casi contento, consigo mismo y con Smekálov, y en media hora ya está contando en el penal cómo se ha repetido por trigésimo primera vez la broma que ya se había repetido anteriormente treinta veces. «En una palabra: es un bendito. ¡Y un bromista!»

De vez en cuando, las evocaciones del bondadoso teniente tenían un cierto aire maniloviano[68].

—Pasabas a veces —contaba algún recluso, y el rostro se le iluminaba al recordarlo—, y él estaba sentado junto a la ventana, con su batín, bebiendo té y fumando su pipa. Te descubrías y él preguntaba: «¿Adónde vas, Aksiónov?». «Pues al trabajo, Mijaíl Vasílich, lo primero de todo es el taller», y él se reía… Ya digo: ¡un bendito!, ¡un alma de Dios!

—¡Y no tendremos otro igual! —comenta alguno de los oyentes.


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