Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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Si he hecho referencia ahora a los castigos, así como a los diversos ejecutores de estos interesantes cometidos, ha sido, en definitiva, porque hasta que no me trasladé al hospital no tuve mi primera noción clara de estos asuntos. Hasta entonces sólo los conocía de oídas. A nuestras dos salas venían a parar los azotados de todos los batallones, de las compañías de castigo y de las demás unidades militares acantonadas en nuestra ciudad y sus inmediaciones. Al principio, cuando observaba con avidez todo lo que me rodeaba, aquellas normas tan extrañas para mí, así como los castigados y los que se preparaban para recibir el castigo, me causaron lógicamente una profunda impresión. Yo estaba conmovido, confuso y asustado. Recuerdo que fue entonces cuando, movido por la impaciencia, empecé a indagar en todos los detalles de estos nuevos fenómenos, a escuchar las conversaciones y los relatos sobre este tema de los demás reclusos, a hacerles preguntas, a intentar sacar conclusiones. Deseaba, entre otras cosas, conocer con precisión todos los grados de las condenas y ejecuciones, con todos los matices de éstas, y el punto de vista de los propios reclusos; me esforzaba por imaginarme el estado psicológico de los que marchaban al suplicio. Ya he dicho que, antes del castigo, son pocos los que conservan la sangre fría, incluidos aquellos que ya han sido azotados previamente y de forma reiterada. En general, el reo se ve dominado entonces por un terror agudo, puramente físico, involuntario e irresistible, que anula completamente su ser moral. Más tarde, en todos mis años de vida carcelaria, he podido fijarme, sin pretenderlo, en el caso de aquellos condenados que, tras reponerse en el hospital de la primera tanda de palos, con la espalda recién curada, solicitaban el alta para poder recibir cuanto antes la segunda tanda y dejar así zanjada la sentencia estipulada. Semejante división del castigo en dos tandas obedece siempre al criterio del médico presente en la ejecución. Si el número de azotes correspondientes al delito cometido es superior a los que podría soportar el reo de una sola vez, entonces dividen el total en dos, o incluso en tres partes, en función de lo que dictamine el doctor en el momento mismo de la ejecución, es decir, de que considere que está en condiciones de seguir pasando por las baquetas, recibiendo los golpes, o que, por el contrario, esto entrañaría un riesgo para su vida. Por lo general, castigos de quinientos, de mil, o hasta de mil quinientos golpes se propinan en una sola tanda, pero si la sentencia asciende a dos o tres mil golpes su ejecución se divide en dos o incluso tres partes. Aquellos que, una vez restablecidos de la primera tanda de baquetazos en la espalda, salían del hospital para afrontar la segunda mitad del castigo normalmente se mostraban, ya desde la víspera de su marcha, sombríos y taciturnos. Daban la sensación de estar como abstraídos, con una especie de obnubilación poco natural. No se sumaban a las conversaciones, sino que preferían guardar silencio; lo más curioso es que los demás prisioneros tampoco les hablaban, y evitaban cualquier alusión a lo que les aguardaba. Ni una palabra de más, ni una muestra de condolencia; incluso procuraban prestar la menor atención posible al asunto. Eso era, desde luego, lo mejor para los condenados. Había excepciones, como en el caso de Orlov, de quien ya he hablado. Después de la primera mitad del castigo, lo único que le fastidiaba era que su espalda no acababa de curarse, por lo que tardaban en darle el alta; de ese modo, no podía recibir el resto de los palos, partir con su grupo hacia el lugar de deportación fijado y fugarse por el camino. Pero el proyecto le mantenía entretenido, y Dios sabe lo que se le pasaría por la cabeza. Era apasionado y vivaz por naturaleza. Se le veía muy contento y en estado de permanente excitación, aunque dominaba sus sentimientos. Lo cierto es que, antes de la primera mitad del castigo, pensaba que no saldría vivo de la ejecución, que moriría sin remedio. Le habían llegado diversos rumores sobre ciertas medidas previstas por los superiores, adoptadas incluso antes de condenarle; entonces se preparó para morir. Pero tras superar la primera tanda recobró el ánimo. Le trajeron al hospital medio muerto por los golpes: yo nunca había visto hasta entonces unas llagas semejantes. Pero llegó con el corazón alborozado, confiado en seguir vivo, pensando que los rumores eran falsos, ya que le habían permitido salir con vida de los azotes; de ese modo, tras el largo período de encierro, pendiente de juicio, pronto empezó a soñar con el camino, la fuga, la libertad, los campos y los bosques… Dos días después de salir con el alta del hospital, murió en ese mismo hospital, en la misma cama de antes, al no poder resistir la segunda tanda. Pero ya he hecho mención de este asunto.


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