Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Y, sin embargo, los mismos prisioneros que pasaban unos dÃas y unas noches tan penosos en vÃsperas del castigo soportaban luego el tormento con gran entereza, sin exceptuar a los más pusilánimes. Pocas veces les oà emitir un quejido durante su primera noche en el hospital, ni siquiera cuando les habÃan vapuleado de un modo espantoso; en general, la gente del pueblo sabe soportar el dolor. Algunas veces, intenté averiguar con exactitud cómo era de agudo ese dolor, con qué se podrÃa comparar, en definitiva. La verdad es que no sé por qué me interesaba tanto esa cuestión. Lo que sà recuerdo es que no obedecÃa a un mero afán de curiosidad. Repito que yo estaba emocionado y conmovido. Pero, preguntase a quien preguntase, jamás obtenÃa una respuesta satisfactoria. «Te quema, es como un fuego», eso es todo lo que podÃa averiguar, en todos obtenÃa idéntica respuesta. «Te quema», ya está. En esta primera época, cuando traté más asiduamente a M…cki, también se lo pregunté a él. «Duele —respondió—, duele mucho; la sensación es como la de quemarte con fuego, como si te estuvieran abrasando la espalda». En resumen, todos decÃan lo mismo. Recuerdo, por otra parte, que también hice por entonces una extraña observación, de cuya exactitud no respondo especialmente, si bien la unanimidad en el juicio de todos los prisioneros la respalda con fuerza; se trata de lo siguiente: los azotes de vara, si se dan en grandes cantidades, constituyen el más severo de todos los castigos vigentes entre nosotros. A primera vista, se dirÃa que esto es absurdo e imposible. Sin embargo, con quinientos, con cuatrocientos azotes incluso, se puede acabar con la vida de un hombre, y si pasan de quinientos eso es más que probable. Mil varazos seguidos no los resiste ni una persona especialmente vigorosa. En cambio, quinientos baquetazos se pueden resistir sin riesgo alguno para la vida. Mil baquetazos puede aguantarlos, sin que corra peligro su vida, hasta una persona no demasiado fuerte. Ni siquiera con dos mil baquetazos se acaba con la vida de una persona medianamente fuerte y de naturaleza sana. Todos los reclusos coincidÃan en que los varazos son peores que los baquetazos. «Los azotes de vara son más penetrantes, hacen más daño», decÃan. Efectivamente, causan mayor sufrimiento que los baquetazos. Producen una irritación más aguda, afectan más intensamente a los nervios, los excitan en mayor medida, los alteran más allá de todo lÃmite. No sé qué ocurrirá ahora, pero en tiempos no muy lejanos habÃa caballeros a quienes la posibilidad de azotar a sus vÃctimas les proporcionaba una sensación que hacÃa pensar en el marqués de Sade o en la Brinvilliers[70]. Creo que en esa sensación hay algo dulce y doloroso a un tiempo, que es lo que deja helado el corazón de esos caballeros. Hay personas como tigres, ansiosas de lamer la sangre. Quien ha experimentado una sola vez el poder, el dominio ilimitado sobre el cuerpo, la sangre y el espÃritu de otro hombre igual a él, que ha sido creado de la misma manera, que es su hermano por la ley de Cristo; quien ha experimentado el poder y la capacidad absoluta para humillar de la forma más denigrante a otra criatura portadora de la imagen divina, ese pierde por fuerza el control sobre sus propios sentimientos. La crueldad es un hábito: es susceptible de desarrollarse, y de hecho se desarrolla hasta convertirse en una enfermedad. Estoy convencido de que el mejor de los hombres puede endurecerse y embrutecerse, por culpa de ese hábito, hasta el nivel de las fieras. La sangre y el poder embriagan: la groserÃa y la depravación se van desarrollando; la inteligencia y el sentimiento admiten las mayores aberraciones, y acaban por considerarlas placenteras. La persona, el ciudadano, desaparece para siempre, cediendo paso al tirano, y el regreso a la dignidad humana, al arrepentimiento, al renacer, se convierte en algo punto menos que imposible. Además, en vista de que se puede ejercer semejante tiranÃa, el ejemplo cunde y se extiende por el cuerpo social de forma contagiosa: se trata de un poder muy seductor. Una sociedad que observa este fenómeno con indiferencia ya ha sido corrompida en sus mismos fundamentos. En resumen, el derecho al castigo corporal, otorgado a una persona para ejercerlo sobre otras, es una de las lacras de la sociedad, asà como uno de los medios más poderosos para exterminar en ella todo embrión, toda tentativa de desarrollar el espÃritu cÃvico, y constituye la base más sólida para su descomposición absoluta e irreversible.