Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Con esta clase de relatos, o mejor dicho, con esta charlatanerÃa, pasábamos a veces el tiempo, tan aburrido. ¡Aquello sà que era aburrimiento, Señor! DÃas interminables, asfixiantes, todos idénticos. ¡Si hubiera habido un libro, por lo menos! Y, sin embargo, yo, sobre todo al principio, iba con frecuencia al hospital, a veces enfermo, a veces sencillamente a descansar, por salir del presidio. El presidio era muy duro, aún más duro que el hospital, más duro moralmente. La maldad, la enemistad, las querellas, la envidia, los enredos constantes contra los que éramos nobles, los rostros feroces, amenazantes… En el hospital, en cambio, a todos nos medÃan por el mismo rasero, y vivÃamos de forma más amistosa. Los momentos más tristes de todo el dÃa coincidÃan con la caÃda de la tarde, a la luz de las velas, y con el comienzo de la noche. Nos vamos a dormir temprano. Una débil lamparilla luce a lo lejos, junto a la puerta, como un punto brillante, pero nuestro rincón está casi en tinieblas. El ambiente se hace fétido, irrespirable. Alguien que no consigue dormir se incorpora y se pasa hora y media sentado en la cama, inclinando la cabeza con el gorro de dormir puesto, como si estuviera pensando en algo. Y le miras durante una hora entera, intentando adivinar en qué estará pensando, para matar también el tiempo como sea. Y entonces empiezas a soñar, a recordar el pasado, y en tu imaginación se dibujan cuadros amplios y vivos; te vienen a la memoria ciertos detalles que en otros tiempos nunca habrÃas recordado, o que no habrÃas sentido con esa intensidad. Intentas entonces adivinar el futuro: ¿cómo saldrás del presidio?, ¿adónde irás entonces?, ¿cuándo sucederá?, ¿regresarás alguna vez a tu lugar de origen? Piensas y piensas sin parar, y la esperanza empieza a agitarse en tu alma… Pero en otra ocasión sencillamente te dedicas a contar: uno, dos, tres…, hasta que te duermes con la cuenta. Una vez llegué hasta tres mil sin dormirme. De pronto alguien empieza a revolverse. Ustiántsev se pone a toser con su tos descompuesta, de tÃsico, seguida de débiles gemidos, diciendo en cada ocasión: «¡He pecado, Señor!». Y se hace extraño escuchar esa voz rota, sorda, de enfermo, en medio del silencio general. Y en un rincón hay otros que tampoco duermen y charlan desde sus camas. Uno empieza a contar historias de su vida, sobre cosas lejanas, ya pasadas, sobre vagabundeos, sobre los hijos, la mujer, las viejas costumbres. Y comprendes, oyendo tan sólo ese lejano cuchicheo, que jamás recuperará todo eso, que él, el que lo cuenta, es ya un miembro amputado de aquel cuerpo; el otro le escucha. Sólo se puede oÃr un susurro monótono, tranquilo, igual que el agua cuando murmura a lo lejos, en alguna parte… Recuerdo que una vez, en una larga noche de invierno, escuché un relato. Mi primera impresión fue la de que se trataba de una especie de sueño febril, como si yo estuviera en la cama con fiebre y lo hubiera soñado, ardiente y delirante…