Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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—¡Bien hecho! Así se daría cuenta de que en adelante…

—No, amigo mío. Calla un poco. En nuestra tierra, nada más volver de la iglesia, llevan a los novios a la despensa[75], mientras los demás se quedan bebiendo. Así que a Akulka y a mí nos dejaron en la despensa. Ella estaba pálida, sin una gota de sangre en el rostro. O sea, que tenía miedo. Los cabellos los tenía también claros como el lino. Los ojos muy grandes. Y no decía nada, ni se la oía, como si hubiera una muda en la casa. Daba una impresión muy extraña. Y te querrás creer, amigo, que yo había dejado el látigo preparado, colocado al lado mismo de la cama, pero ella, mi querido amigo, resultó que era completamente inocente.

—¡Qué me dices!

—Completamente inocente; tanto como la más honrada de la casa más honrada. ¿Y por qué había tenido que soportar semejante tormento? ¿Por qué la había cubierto de oprobio Filka Morózov delante de todo el mundo?

—Pues sí…


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