Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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—Entonces salté de la cama y me puse de rodillas delante de ella, juntando las manos: «Mi buena Akulina Kudímovna, perdona a este imbécil por haber creído que eras una de ésas; ¡perdóname, soy un canalla!». Y ella, sentada en la cama delante de mí, me miraba y, con las manos colocadas sobre mis hombros, se reía, y al mismo tiempo le corrían las lágrimas; se reía y lloraba… Entonces salí al encuentro de los demás y dije: «Ahora, como me encuentre a Filka Morózov, puede dar su vida por terminada». Los viejos no sabían a qué santo rezar para darle las gracias. La madre quería echarse a los pies de su hija y daba alaridos. Y el padre dijo: «Si lo hubiéramos sabido, hija querida, te habríamos buscado otro marido distinto de éste». Y cómo fuimos los dos a la iglesia el domingo siguiente: yo llevaba un gorro de astracán, un caftán de fino paño y unos bombachos de terciopelo; ella llevaba un abrigo nuevo de piel de conejo y un pañuelo de seda. Así que, si yo era digno de ella, ella era digna de mí. ¡Así es como íbamos! La gente se quedaba admirada al vernos: yo me defiendo muy bien solo, y, aunque no esté bien ensalzar ante los demás a mi Akulínushka, tampoco hay por qué denigrarla, de modo que no desmerecería entre las mejores…

—Así que todo iba bien.


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