Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta —¿A mí? ¿Y por qué no? No éramos precisamente gente sin honra. Mi padre tan sólo al final de su vida, por culpa de un incendio, se había arruinado; si no, aún seríamos más ricos que ellos. Ankudim me dijo: «Vosotros no tenéis donde caeros muertos». Le respondí: «Y vuestra puerta, según dicen, está bien embadurnada de alquitrán». Y él: «¡Así que te pones gallito con nosotros! Demuestra entonces que ella ha perdido su honra; aunque las bocas chismosas no hay quien las tape. Ya sabes dónde está la puerta, no te cases. Pero eso sí: el dinero que te han dado, devuélvelo». Entonces decidí hacer lo siguiente con Filka: por medio de Mitri Bykov mandé decirle que iba a avergonzarle delante de todo el mundo, y hasta el día de la boda, amigo mío, estuve borracho todo el tiempo. No volví a estar sobrio hasta que llegó el momento de la ceremonia. Cuando nos trajeron de la iglesia, nos sentamos y el tío Mitrofán Stepánich va y dice: «Aunque no haya sido muy honroso, es igual de válido, y lo hecho hecho está». Y el viejo, Ankudim, también estaba bebido, y se puso a llorar; estaba sentado y las lágrimas le corrían por la barba. En cuanto a mí, amigo, mira lo que hice: llevaba un látigo encima, en un bolsillo; me lo había guardado antes de la boda con la intención de recrearme con Akulka, para que supiera qué es eso de casarse sin honra, y también para que la gente viera que yo no estaba haciendo el bobo al casarme.