Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta —De modo que era una descarriada.
—Tú sigue escuchando, amigo mÃo. Yo entonces no paraba de emborracharme con Filka; una vez se me acerca mi madre, estando yo en la cama: «¿Qué haces ahà en la cama, sinvergüenza? No eres más que un bandido». Me puso de vuelta y media. «Lo que tienes que hacer es casarte; mira, cásate con Akulka. Ahora estarÃan encantados de dártela; sólo en dinero, te darán trescientos rublos». Le contesté: «Pero ahora todo el mundo la tiene por deshonrada». «Pareces tonto —me dijo—, el matrimonio todo lo tapa; eso que ganas si ella se siente culpable ante ti de por vida. Y con su dinero nosotros podremos arreglárnoslas. Ya he hablado con MarÃa Stepánovna. Me ha escuchado con mucho interés». RespondÃ: «Venga el dinero: veinte rublos encima de la mesa y entonces me casaré». Asà que, aunque no te lo creas, me emborraché de un tirón hasta el mismo dÃa de la boda. Pero todavÃa me amenazó Filka Morózov: «Te voy a romper todas las costillas, marido de Akulka, y, si me apetece, me voy a acostar con tu mujer cada noche». Le dije: «¡Mientes, carne de perro!». Bueno, entonces me cubrió de vergüenza delante de toda la calle. Me fui corriendo a casa: «No me quiero casar, a menos que me den ahora mismo otros cincuenta rublos».
—¿Pero te la daban a ti como esposa?