Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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—Estaba siempre borracho, amigo mío, día y noche. Nuestra casa aún se mantenía mal que bien; aunque podrida, seguía siendo nuestra. Pero lo que es dentro de la isba, como no cazaras una liebre… Pasábamos tanta hambre, que a veces masticábamos un trapo viejo durante semanas. Mi madre venga a regañarme, pero yo, ¡como si nada!… Yo, amigo, no me apartaba por entonces de Filka Morózov. Día y noche con él. Me decía: «Toca para mí la guitarra, y baila, que yo estaré tumbado, tirándote dinero, porque no hay persona más rica que yo». ¡Qué no haría aquel hombre! Aunque no aceptaba nada robado: «Yo no soy un ladrón —decía—, sino un hombre honrado». «Vamos a casa de Akulka —dijo una vez—, a embadurnar su puerta de alquitrán; porque no quiero que Akulka se case con Mikita Grigórich. Ahora mismo, con tal de evitarlo, renunciaría a la cosa más exquisita». Porque el viejo, con quien quería casar a su hija, ya desde antes, era con Mikita Grigórich. Mikita era también un viejo; era viudo, con gafas, se dedicaba al comercio. En cuanto oyó que circulaban rumores sobre Akulka, se echó para atrás: «Para mí, Ankudim Trofímich, sería una gran deshonra, y tampoco deseo casarme, ya tengo muchos años». El caso es que le embadurnamos la puerta a Akulka. ¡Menudas palizas le dieron en casa por este motivo, menudas palizas! María Stepánovna gritaba: «¡Yo te mato!». Y el viejo: «En tiempos pasados, cuando vivían los venerables patriarcas, la habría cortado en rodajas sobre una hoguera, pero ahora en este mundo no hay sino tinieblas y corrupción». A veces los vecinos, de un extremo al otro de la calle, podían oír los alaridos de Akulka: la azotaban desde la mañana hasta la noche. Mientras, Filka iba proclamando por el mercado: «¡Admirable muchacha es esa Akulka, compañera de jaranas! ¿Dónde vas tan aseada, tan compuesta y arreglada? ¿A quién quieres tú? Yo a ellos ya se lo he pasado por las narices; se acordarán de mí». En esta época, yo también me encontré una vez a Akulka, que pasaba con unos cubos, y le grité: «Buenos días, Akulina Kudímovna. Salud a su merced; dónde vas tan aseada; dime una cosita: ¿con quién vives que tanto recibes?». Eso es todo lo que le dije. Y cómo me miraba: con unos ojos enormes, aunque ella estaba flaca como un palillo. Cuando su madre la vio mirándome, se creyó que estaba bromeando conmigo, así que le gritó desde su portón: «¿Qué haces ahí chismorreando, desvergonzada?». De modo que ese día venga otra vez a sacudirla. A veces se pasaba una hora entera golpeándola. «La mato a palos, que ésta ya no es mi hija».


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