Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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—Era humillante —reanudó el relato—, volví a coger esa costumbre, y hubo días en que la estuve pegando de la mañana a la noche: se levantaba mal y seguía peor. Si no la pegaba, me aburría. Ella se sentaba a mirar por la ventana, en silencio, llorando… No paraba de llorar, y la verdad es que a mí me daba pena, pero la pegaba. Por su culpa, la madre me reñía una y otra vez: «¡Miserable, eres carne de presidio!». Yo le gritaba: «La mataré; y que nadie se atreva a decirme nada, porque me casasteis con engaños». Al principio, el viejo Ankudim también intervenía, él mismo venía a mí: «Atiende, Dios sabrá qué artículo habrá que aplicarte, pero ten la seguridad de que encontraré el medio de que la justicia caiga sobre ti». Pero más tarde desistió. En cuanto a María Stepánovna, se sometió por completo. Una vez vino y me rogó entre lágrimas: «Vengo a ti con una petición enojosa, Iván Semiónych; se trata de un asunto pequeño, pero mi ruego es muy grande. Permítenos ver la luz, bátiushka —y hacía reverencias—, cálmate, ¡perdónala! Las malas personas calumniaron a nuestra hija: como tú muy bien sabes, era aún inocente cuando la tomaste…». Se echó a mis pies llorando. Pero yo le respondí envalentonado: «¡No estoy dispuesto a seguir escuchando! Haré con vosotros lo que se me antoje, porque yo ya no respondo de mis actos; y en cuanto a Filka Morózov, es mi compañero y mi mejor amigo…».


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