Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta —En todo ese día no volví a dirigirle la palabra… Tan sólo al atardecer le dije: «Akulka, te voy a matar». No pude dormir en toda la noche, salí al zaguán a beber un poco de kvas, y ya empezaba a despuntar la aurora. Entré en la isba: «Akulka, prepárate que vamos a la alquería». Yo ya tenía pensado ir, y mi madre sabía que iríamos. «Bien pensado —dijo ella—. Es época de faenas, y el bracero que hay allí lleva al parecer casi tres días malo de la tripa». Enganché la carreta en silencio. Según se sale de nuestra ciudad, hay que atravesar unas quince verstas de bosque, y allí, detrás del bosque, está nuestra alquería. Nos habíamos adentrado unas tres verstas en el bosque, cuando detuve el caballo: «Baja, Akulina, ha llegado tu hora». Ella me miró, muerta de miedo, y se quedó parada delante de mí, sin decir nada. Dije: «Estoy harto de ti. ¡Rézale a Dios!». En ese momento la agarré del pelo; tenía unas trenzas muy gruesas y largas, me las enrollé en una mano, y le sujeté el cuerpo por detrás, apretándola por ambos lados con mis rodillas; saqué el cuchillo, le eché la cabeza hacia atrás y le clavé el cuchillo en el cuello… Ella se puso a chillar, la sangre brotó con fuerza, yo tiré el cuchillo, la rodeé por delante con mis brazos, me tendí, la abracé y me puse a gritar encima de ella, dando alaridos como un loco; ella gritaba, y yo también gritaba; todo su cuerpo temblaba, quería escapar de mis brazos, pero su sangre caía sobre mí, y caía con fuerza azotando mi cara, y caía con fuerza en mis manos, y seguía cayendo con fuerza su sangre. La solté, el miedo se apoderó de mí, dejé allí el caballo, y eché a correr, a correr sin parar, hasta que llegué a casa y entré por la parte de atrás, y me metí en el baño: nuestro baño era ya muy viejo, un lugar inservible. Me metí detrás del banco y allí estuve acurrucado hasta la noche.