Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta —¿Y qué fue de Akulka?
—Pues ella, por lo visto, se levantó después de irme yo y también echó a andar hacia casa. La encontraron más tarde a unos cien pasos de aquel lugar.
—O sea, que no llegaste a degollarla.
—No… —Shishkov se paró unos instantes.
—Hay una vena, por lo visto —comentó Cherevin—, que, si no se corta a la primera, el hombre sigue debatiéndose y, por mucha sangre que derrame, no se muere.
—Pero ella sà que murió. La encontraron muerta al anochecer. Se difundió la noticia, empezaron a buscarme y me encontraron ya de noche, en el baño… Ya va para cuatro años, si echas la cuenta, viviendo aquà —añadió, después de una pausa.
—Ejem… Claro, si no se las pega, no se puede esperar nada bueno —observó Cherevin en un tono desapasionado y metódico, sacando otra vez el rapé. Empezó a aspirarlo largamente, haciendo una pausa de vez en cuando—. Pero entonces, amiguito —continuó—, tú también quedas como un botarate. Una vez yo sorprendà a mi mujer con un amante. Asà que la llamé al cobertizo y doblé unas riendas. Le dije: «¿A quién le hiciste tu juramento? ¿A quién?». Y ya estaba dándole con las riendas; estuve sacudiéndola bien sacudida durante hora y media. Y ella entonces gritaba: «Te lavaré los pies y luego me beberé el agua». Avdotia se llamaba.