Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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—¿Adónde vas, cara de carpa? —refunfuñaba un preso alto, sombrío, flaco y moreno, con unas extrañas protuberancias en su cráneo rapado, empujando a otro, gordo y bajo, de cara colorada y alegre—. ¡Para!

—¿Qué gritas? Por una parada, aquí pagan. ¡Apártate tú, que eres más estirado que una estatua! Ya veis, hermanos, que ni siquiera tiene «forticulación».

La «forticulación» produjo efecto: muchos se rieron. Era justo lo que necesitaba el alegre gordo, el cual, por lo visto, pasaba por ser el gracioso de turno del barracón. El preso alto le miró con profundo desdén.

—¡Vaca cebona! —exclamó, como hablando consigo mismo—. ¡Cómo se ha cebado con el pan blanco de la cárcel! ¡Está contento porque para después de la Cuaresma parirá doce terneros!

El gordo, finalmente, se enfadó.

—Y tú, ¿qué clase de pájaro eres? —gritó de pronto, poniéndose colorado.

—Tú lo has dicho: un pájaro.

—Pero ¿cuál?

—Pues uno.

—¿Y cuál uno?

—Pues eso, uno.

—Sí, pero ¿cuál?


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