Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta —Nada de eso, ¡no es ninguna bobada! —replica dogmático Kulikov, que hasta este momento habÃa guardado un silencio majestuoso. Es un individuo influyente, rayando en la cincuentena, con unos rasgos sumamente agradables, y unos modales altivos y desdeñosos. Es consciente de todo ello y le sirve de orgullo. Es medio gitano, ejerce de veterinario y gana un buen dinero en la ciudad curando caballos, mientras que en el penal se dedica al tráfico de vodka. Es un hombre inteligente y con mucho mundo. Muy parco en palabras, se dirÃa que regalaba un rublo cada vez que abrÃa la boca—. Es la pura verdad, amigos —continúa tranquilamente—, yo lo oà ya la semana pasada; va a venir un general, de los más importantes, para inspeccionar toda Siberia. Ni que decir tiene que intentarán untarle, pero no será nuestro Ocho-ojos el que lo haga; éste no se atreverá ni a presentarse ante él. Hay generales y generales, amigos. Los hay de todas clases. Lo que sà os digo es que nuestro mayor, pase lo que pase, seguirá en su puesto. Seguro. Nosotros no tenemos ni voz ni voto, y, en cuanto a los jefes, no van ellos a denunciar a uno de los suyos. El inspector echará un vistazo al presidio y luego se marchará, e informará de que lo ha encontrado todo en orden…
—Esa es la verdad, amigos, pero el mayor está muerto de miedo: lleva borracho desde por la mañana.
—Pues por la noche le toca otra ronda, según Fedka.