Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Lo que habÃan dicho del inspector era cierto. Los rumores se iban confirmando cada dÃa con más fuerza, y al final todos sabÃan con seguridad que venÃa de Petersburgo un importante general para inspeccionar toda Siberia, que ya habÃa llegado y estaba en Tobolsk. Cada dÃa llegaban nuevos rumores al presidio. Llegaban también de la ciudad: según decÃan, todo el mundo temblaba de miedo e intentaba hacer todo lo posible para ofrecer su mejor cara. Se comentaba que las autoridades preparaban recepciones, bailes, fiestas. Enviaban partidas enteras de reclusos a arreglar las calles de la fortaleza, a allanar terrenos, a repintar las vallas y los postes, a revocar fachadas, a engrasar…, en una palabra, querÃan arreglar en un instante todo lo que tendrÃan que enseñar. Los reclusos se daban perfecta cuenta de lo que pasaba, y sus comentarios eran cada vez más acalorados, más vivos. Su fantasÃa no conocÃa lÃmites. Estaban dispuestos incluso a presentar una reclamación, en el momento en que el general les preguntara si estaban satisfechos. Y, mientras tanto, pasaban el tiempo discutiendo e insultándose. El mayor estaba muy agitado. Visitaba el penal más a menudo, gritaba más a menudo, arremetÃa contra la gente más a menudo, mandaba más a menudo a la gente al cuerpo de guardia y vigilaba con más empeño que nunca la limpieza y el orden. Por aquel entonces, como hecho a propósito, se produjo en la prisión un pequeño incidente que, por otra parte, lejos de inquietar al mayor, como cabrÃa esperar, le produjo cierta satisfacción. En el curso de una riña, un recluso hirió a otro con una lezna en el pecho, justo debajo del corazón.