Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Pasadas las nueve, hacían el recuento, nos conducían a las barracas y nos dejaban encerrados para la noche. Las noches eran cortas: nos despertaban antes de las cinco de la mañana, pero nadie era capaz de dormirse antes de las once. Hasta esa hora siempre había movimiento, charlas y a veces, al igual que ocurría en invierno, maidán. Las noches eran sofocantes, con un calor insoportable. Aunque el frescor nocturno entrara por las ventanas entornadas, los reclusos se pasaban las noches enteras revolviéndose en sus camastros, como si delirasen. Las pulgas pululaban por millares. También se criaban en invierno, y en cantidad más que suficiente, pero a partir de la primavera se multiplicaban en tal medida que no pude creerlo hasta que no lo sufrí en mis propias carnes, pese a que antes ya lo había oído comentar. Y según iba avanzando el verano, se volvían cada vez más feroces. Es cierto que uno puede acostumbrarse a las pulgas, y yo mismo lo he experimentado, pero sólo a base de sufrimientos. Hasta tal punto nos martirizaban que al final nos asaltaba una especie de fiebre, que te hace sentir que no estás durmiendo, sino delirando. Finalmente, cuando cerca ya del amanecer hasta las pulgas acababan por apaciguarse y parecían totalmente quietas, cuando con el frescor del alba ya estábamos a punto de conciliar un sueño placentero, de pronto resonaba el redoble implacable del tambor junto a la entrada del presidio, tocando diana. Mientras te ponías la pelliza, maldecías los sonidos estridentes y precisos que escuchabas, y que podrías ir contando uno por uno, y, entretanto, a través del sueño se te metía en la cabeza la idea insoportable de que al día siguiente pasaría lo mismo, y al otro, y así durante varios años seguidos, hasta el momento mismo de la libertad. Pero ¿cuándo llegará esta libertad —pensabas—, y dónde estará ahora? Sin embargo, había que despertarse; empezaban las idas y venidas usuales, las apreturas… Los hombres se vestían, se preparaban para el trabajo a toda prisa. Menos mal que también a medio día se podía dormir como una hora.