Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Lómov procedía de una familia de campesinos acomodados de la aldea de T… del distrito de K… Todos los Lómov vivían formando una gran familia: el anciano padre, los tres hijos varones y un tío. Eran labradores ricos. Por toda la provincia se comentaba que su capital llegaba a los trescientos mil rublos en papel moneda. Trabajaban la tierra, curtían pieles y comerciaban, pero sus principales ocupaciones eran la usura, el encubrimiento de vagabundos y de objetos robados, y demás habilidades. Los campesinos de medio distrito les debían dinero y estaban a su merced. Los Lómov pasaban por ser inteligentes y astutos, pero acabaron por envanecerse, sobre todo cuando un personaje muy importante de aquella región empezó a alojarse en su casa en sus desplazamientos, trabó conocimiento con el padre y le tomó afecto por su sagacidad y destreza. Ellos se imaginaron de pronto que estaban por encima de las leyes, y empezaron a embarcarse en toda clase de empresas ilegales, cada vez más y más arriesgadas. Todo el mundo murmuraba, todos deseaban que se los tragara la tierra; pero ellos llevaban la cabeza cada vez más alta. Jefes de policía, asesores letrados, no eran ya nada para ellos. Al final perdieron el tino y se hundieron, pero no por nada malo ni por sus delitos ocultos, sino por una falsa acusación. Tenían, a unas diez verstas de su aldea, un gran caserío, una zaímka, como las llaman en Siberia. En una ocasión, a comienzos del otoño, había allí alojados seis braceros kirguises, sometidos a la familia desde hacía tiempo. Una noche los seis fueron degollados. Se puso en marcha la investigación, que duró mucho tiempo. Con ese motivo, salieron a la luz muchos otros asuntos sucios. Los Lómov fueron acusados del asesinato de sus braceros. Ellos mismos lo contaban así, y todo el presidio lo sabía: había habido sospechas de que debían mucho dinero por su trabajo a los braceros, y como, a pesar de su fortuna, eran avaros y codiciosos, habían degollado a los kirguises para no pagarles la deuda. En el curso de las investigaciones y del juicio toda su fortuna se hizo humo. Murió el viejo. Los hijos fueron deportados a distintos lugares. Uno de los hijos, junto con el tío, vino a parar a nuestro penal, sentenciado a doce años. ¿Y qué ocurrió? Resulta que eran totalmente inocentes de la muerte de los kirguises. Más adelante apareció en nuestro mismo penal Gavrilka, pícaro y vagabundo bien conocido, de carácter jovial y despierto, que cargó con todas las culpas. No llegué a saber, por cierto, si él mismo había decidido confesar, pero todo el presidio estaba absolutamente convencido de que los kirguises habían muerto a manos de Gavrilka. Éste había tenido tratos con los Lómov cuando era vagabundo. Había ingresado en el penal con una condena breve, como soldado prófugo y vagabundo. Había degollado a los kirguises con ayuda de otros tres vagabundos; pensaban pasárselo en grande y desvalijar la zaímka.