Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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La compra de Gnedkó[81], que se produjo poco tiempo después en el penal, constituyó para los reclusos una ocupación y una distracción mucho más agradables que la visita de aquella destacada personalidad. Estaba estipulado que en el penal se dispusiera de un caballo para traer el agua, llevarse las basuras y demás. Su cuidado corría a cargo de un preso. Éste iba a todas partes con él, naturalmente con escolta. Nuestro caballo tenía trabajo en abundancia de la mañana a la noche. Gnedkó llevaba mucho tiempo a nuestro servicio. Era un caballo manso, pero bastante consumido ya. Una hermosa mañana, la víspera de San Pedro, Gnedkó, trayendo la barrica para la tarde, se cayó y murió a los pocos minutos. Los reclusos lo sintieron mucho; todos se congregaron, hicieron comentarios, discutieron. Los reclusos que eran soldados de caballería retirados, gitanos o veterinarios, entre otros, exhibieron en esta ocasión numerosos conocimientos específicos en materia caballar, e incluso debatieron entre ellos, pero a Gnedkó no lo resucitaron. Yacía muerto, con el vientre hinchado, que todos se sentían obligados a tocar con el dedo; dieron cuenta al mayor de lo que había sucedido por voluntad divina, y éste decidió que había que comprar cuanto antes un nuevo caballo. El mismo día de San Pedro, por la mañana, cuando estábamos todos reunidos tras la misa, empezaron a traer caballos en venta. Ni que decir tiene que la decisión sobre la adquisición debía ser cosa de los propios presos. Entre nosotros había verdaderos entendidos, y engañar a cerca de doscientos cincuenta individuos que antes se habían dedicado sólo a eso no era cosa fácil. Acudieron kirguises, tratantes, gitanos, comerciantes. Los reclusos esperaban impacientes la aparición de cada nuevo caballo. Estaban contentos como niños. Lo que más les halagaba era que ellos, como si fueran hombres libres, como si de verdad saliera el dinero de su propio bolsillo, se iban a comprar un caballo y tenían todo el derecho a hacerlo. Tres caballos trajeron para llevárselos después, hasta que el trato se cerró con el cuarto. Los tratantes que entraban en el penal miraban cuanto les rodeaba con cierta extrañeza y una especie de timidez, e incluso de vez en cuando dirigían la mirada a los centinelas que les habían acompañado. Una tropa semejante de doscientos individuos rapados, marcados, encadenados, y además en su terreno, en su madriguera de presidiarios, cuyo umbral nadie traspasa, inspiraba algo parecido al respeto. Los nuestros recurrieron a todo tipo de argucias cuando probaban cada caballo que les traían. No hubo parte del cuerpo que no miraran, no dejaron nada sin palpar, y por añadidura lo hicieron con un aire tan diligente, tan serio y preocupado que de aquello parecía depender el bienestar fundamental de la prisión. Los cherqueses incluso montaban de un salto en el caballo; se les encendían los ojos y parloteaban rápidamente en su dialecto incomprensible, mostrando los blancos dientes y haciendo gestos con sus rostros morenos de narices aguileñas. Algún ruso fijaba toda su atención en aquella discusión, como si quisiera penetrar en ella con la mirada. No entendía ni una sola palabra, pero intentaba adivinar, aunque fuera por la expresión de los ojos, qué es lo que habían decidido: ¿valía o no valía el caballo? Aquella atención tan intensa posiblemente le habría parecido extraña a un observador ajeno al asunto. ¿Por qué se preocupaba de tal manera un preso, y además un preso cualquiera, sumiso, oprimido, que delante de sus propios compañeros no se atrevía a decir ni pío? Era como si él personalmente se estuviera comprando ese caballo, como si de verdad no le diera lo mismo que se comprara uno u otro. Aparte de los cherqueses, los que más sobresalían eran los gitanos y los antiguos tratantes: a ellos se cedía el primer puesto y la primera palabra. En aquella ocasión se produjo incluso una especie de noble desafío, especialmente entre dos individuos: el recluso Kulikov, gitano, cuatrero y tratante, y un astuto mujik siberiano, veterinario autodidacta, que no llevaba mucho tiempo en el penal, pero ya había conseguido quitarle a Kulikov toda su clientela de la ciudad. Resulta que nuestros veterinarios autodidactas eran muy apreciados en toda la ciudad, y no sólo los artesanos o los comerciantes, sino incluso las personas de más alto rango acudían al penal cuando tenían algún caballo enfermo, y eso a pesar de que en la ciudad había algunos verdaderos veterinarios titulados. Hasta la llegada de Yolkin, el mujik siberiano, Kulikov no conocía rival, tenía una gran clientela y, por consiguiente, obtenía una abundante retribución. Como buen gitano, era un consumado charlatán y sabía bastante menos de lo que aparentaba. Gracias a sus ingresos, era un aristócrata entre los reclusos. Por su experiencia, su talento, su audacia y decisión, hacía tiempo que se había ganado el respeto involuntario de todos los reclusos del penal. Éstos le escuchaban y le obedecían. Pero hablaba poco: se diría que cada palabra le costaba un rublo, y sólo las pronunciaba en las ocasiones más trascendentales. Era decididamente fatuo, pero había en él mucha energía auténtica, genuina. Aunque entrado en años, era muy guapo e inteligente. A quienes éramos de origen noble nos trataba con una especie de delicadeza, con cortesía, y al mismo tiempo con una dignidad extraordinaria. Creo que, si le hubieran vestido con elegancia y le hubieran presentado como un conde en un club cualquiera de la capital, se habría encontrado allí a sus anchas, jugando al whist y conversando divinamente, poco pero con aplomo, y en toda la velada es posible que nadie descubriera que no era un conde, sino un desharrapado. Lo digo con toda seriedad: hasta tal punto era listo, perspicaz y ágil de entendimiento. Además, sus modales eran exquisitos, era un auténtico dandi. Seguramente, había visto de todo en su vida. Lo cierto es que su pasado era un enigma, oculto entre nieblas. En el penal estaba en la sección especial. Pero con la llegada de Yolkin, un cismático de unos cincuenta años que sería un simple mujik, pero el más astuto de los mujiks, la fama de Kulikov como veterinario se eclipsó. En cosa de dos meses le arrebató casi toda su clientela de la ciudad. Fue capaz de curar, sin mayores dificultades, caballos que Kulikov había desahuciado hacía tiempo. Incluso curaba caballos de los que se desentendían los veterinarios titulados de la ciudad. Este mujik había ingresado en prisión en compañía de otros por un asunto de falsificación de moneda. ¡Quién le mandaría, a sus años, tomar parte en semejante negocio! Él mismo nos contaba, burlándose de sus propias hazañas, que con tres monedas de oro auténticas sólo les había salido una falsa. Kulikov se sentía un tanto afrentado por los éxitos como veterinario de su rival, pues hasta su propia fama entre los reclusos había empezado a declinar. Mantenía a una querida en el arrabal, usaba una casaca de terciopelo, llevaba una sortija de plata y un pendiente, gastaba sus propias botas ribeteadas, y de pronto, por culpa de la falta de ingresos, se había visto obligado a hacerse tabernero. Por eso todos esperaban que ahora, con ocasión de la compra del nuevo Gnedkó, los enemigos llegaran a las manos. Los reclusos aguardaban con curiosidad. Cada uno de ellos tenía sus propios partidarios. Los más lanzados de cada partido empezaban ya a agitarse, y poco a poco se iban intercambiando insultos. El propio Yolkin ya había contraído su rostro malicioso, componiendo la más sarcástica de las sonrisas. Sin embargo, todo ocurrió de otra manera: Kulikov no tenía la menor intención de recurrir a los insultos, pero incluso sin insultos tuvo una actuación magistral. Empezó por ceder, escuchando con respeto las observaciones críticas de su rival, pero, cogiéndole en un desliz, le hizo ver, con tanta modestia como firmeza, que se estaba equivocando y, sin dar tiempo a Yolkin a reaccionar y replicarle, demostró que se equivocaba precisamente en esto y en esto otro. En definitiva, Yolkin fue atacado de forma imprevista y muy habilidosa, y aunque de todos modos acabó en lo más alto, los partidarios de Kulikov también se quedaron satisfechos.


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