Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Finalmente, por veintiocho rublos, se cerró el trato. Informaron al mayor, y se decidió hacer la compra. Naturalmente, enseguida sacaron el pan con la sal e introdujeron al nuevo Gnedkó en el penal con todos los honores. No debió de haber ni un solo recluso que se quedara en esta ocasión sin darle unas palmadas en el cuello o sin acariciarle el hocico. Ese mismo día engancharon a Gnedkó para traer agua, y todos fueron con curiosidad a ver qué tal acarreaba el nuevo su barrica. Nuestro aguador, Román, miraba al nuevo caballo con especial satisfacción. Era un mujik de unos cincuenta años, taciturno y serio. La verdad es que de ordinario los cocheros rusos son sumamente serios y taciturnos, como si efectivamente el trato constante con los caballos comunicara al hombre una seriedad, una circunspección incluso, muy peculiares. Román era tranquilo, afable con todo el mundo, poco locuaz, tomaba rapé, que llevaba en un cuernecillo, y desde tiempo inmemorial había tenido permanentemente a su cargo los caballos del penal. El recién comprado era ya el tercero. Allí todos estaban convencidos de que el pelaje bayo era el que le iba bien al penal, el de la casa, por así decir. También Román lo sostenía. Por nada del mundo habrían comprado un caballo pío, por ejemplo. El puesto de aguador había sido asignado a Román de forma permanente, en virtud de no se sabe qué derecho, y a nadie se le habría ocurrido nunca disputárselo. Cuando murió el anterior Gnedkó, a nadie, ni siquiera al mayor, se le pasó por la cabeza acusar de nada a Román: Dios lo había querido, eso era todo, y Román era un buen cochero. Muy pronto Gnedkó se convirtió en el favorito del penal. Por mucho que los reclusos fueran gente dura, no por eso dejaban de acercarse a menudo a acariciarlo. A veces, al regresar del río, Román cerraba la puerta que le había abierto el suboficial, y mientras tanto Gnedkó, tras entrar en el recinto del presidio, se paraba a esperarle con la barrica, mirándole de reojo. «¡Sigue tú solo!», le gritaba Román, y Gnedkó entonces reemprendía la marcha solo y llevaba la carga a la cocina, y allí se quedaba quieto hasta que llegaban las cocineras y los encargados de los cubos para coger el agua. «¡Qué listo eres, Gnedkó! —le gritaban—. ¡Ha venido solo! ¡Qué obediente!»