Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta —Hay que ver, no es más que un animal, ¡y cómo entiende!
—¡Bravo, Gnedkó!
Gnedkó meneaba la cabeza y resoplaba, como si efectivamente entendiera y lo contentaran los elogios. Y nunca faltaba alguien que le trajera enseguida pan y sal. Gnedkó se lo tomaba y volvía a hacer una señal con la cabeza, como diciendo: «¡Ya sé, ya sé quién eres! Yo soy un caballo muy gracioso, y tú eres un buen hombre».
A mí también me gustaba ofrecerle pan a Gnedkó. Resultaba agradable mirar su hermoso hocico y sentir en las palmas sus labios suaves y tibios que aceptaban mi ofrecimiento con presteza.
En general, los reclusos habrían podido disfrutar con los animales y, si se lo hubieran permitido, habrían estado encantados de criar en el penal un montón de animales domésticos y aves. Seguramente, pocas cosas habrían podido contribuir mejor que una ocupación de ese tipo a ablandar y ennoblecer el carácter endurecido y brutal de los presos. Pero no se lo permitían. Ni el reglamento ni las autoridades lo consentían.
No obstante, a lo largo de mi estancia en el penal, hubo unos cuantos animales, por motivos diversos. Aparte de Gnedkó, tuvimos algunos perros, unos gansos, el macho cabrío Vaska, así como un águila que estuvo con nosotros una temporada.